Mensajes en el cristal

Habían pasado exactamente 39 días desde que se vieron por última vez. Repetía aquella tarde una y otra vez en su cabeza, como una película. Era obsesivo, lo sabía, pero no podía evitarlo.

Aún podía saborear el café que se tomaron juntos, íntimamente apretujados en una mesa para dos en una de esas cafeterías en peligro de extinción de la ciudad. Y ahora que lo vuelve a recordar, teme que ya haya desaparecido. Nunca más volverían a sentarse en esa mesa para dos. 

Tras el café, puede oler su perfume.  Está a unos centímetros de tocar su piel, de sentirlo, pero se contiene todo el rato, esperando tal vez a que en el último momento, a la despedida, se fundan en el beso anhelado.

Pero no pasó.

39 días después, volvía otra vez a casa en otro autobús, escuchando música hasta su destino. 

Afuera llueve y hace frío. La ventana está empañada y decide escribir los mensajes que hubiera escrito si no fuese tan cobarde. Escribe línea tras línea, en pequeño para que no le vean; aunque en el fondo le da igual. No entiende por qué no le ha escrito, por qué no han vuelto a tomar otro café juntos. No entiende nada. Siente que es otro fracaso y como tal, no le da más importancia.

“Me gustas” | Wirefresh

La ciudad poco a poco da paso al campo abierto: los árboles se hacen más salvajes, aparecen las primeras arboledas, las grandes urbanizaciones se colocan ahora al lado de grandes campos de cultivo. Todo el rato el sol de tarde se convierte en ocaso, y para cuando llega al primer pueblo de la sierra, ya es de noche. Las farolas están encendidas, la lluvia cae un poco más fuerte mojando las ventanas y el oscuro asfalto. El bus cada vez está más vacío a medida que está más lejos de la ciudad. Decide volver a lo que ha escrito en la ventana, casi está borrado por la condensación. Lo lee una y otra vez, la música sigue a través de los auriculares. Tacha una frase y pone otra. Cambia una palabra por otra. Al final se atreve a escribir lo que siempre ha querido escribir: me gustas.

Todo se vuelve oscuro de repente. La música sigue sonando, pero cada vez más lejano. Su cabeza no para de dar vueltas y le duele. Le duele mucho. No puede mover una pierna. Siente frío, mucho frío. También siente cómo la lluvia le está mojando la espalda y le empapa la ropa. Abre los ojos pero todo está a oscuras. Mueve una mano y siente el barro bajo su palma. Intenta levantarse, pero no puede: no puede mover la pierna. Las oscuridad ahora toma sombras, empieza a ver formas cada vez menos borrosas a través de la cortina de lluvia. Mira a su alrededor, no puede distinguir mucho. Ve los faros borrosos de los coches que pasan en ráfagas de luz. Se quita los auriculares y sólo escucha la lluvia. No, no sólo escucha la lluvia. Ahora escucha las voces de gente: los gritos de auxilio, de dolor; el llanto. Sigue sin distinguir nada, sombras en la lejanía, las ráfagas de luz siguen moviéndose rápidamente. La lluvia le ha calado, el frío ahora le entumece. Hace un esfuerzo por moverse, pero el dolor es punzante y le recorre toda la espalda. Siente escalofríos. Vuelve a moverse, tira con fuerza de su pierna inmóvil y el dolor le vuelve a punzar. El mundo vuelve a él de golpe. Algunos coches han parado, los gritos de dolor ahora son más nítidos, la lluvia, más fría. Ahora puede escuchar un claxon que se ha quedado bloqueado y pita ininterrumpidamente. Por todos lados, las sombras de gente que cojea y corre delante de él.

«¡¿Estás bien?!», aparece de repente alguien y le pregunta. Parece preocupada. La mira, esa sombra en la oscuridad, mojado. «Creo que sí, pero no puedo mover la pierna», se escucha responder. «¿Cómo que no puedes mover la pierna? Quédate aquí, voy a llamar a alguien. Hemos llamado a la ambulancia. Están de camino. Quédate aquí, no te muevas», le dice y se va tan rápido como llegó. No le da tiempo a reaccionar. La lluvia sigue sin parar. El dolor tampoco. Se deja caer en el barro y se hunde. Empieza a notar que está temblando, pero le da igual porque el frío le ha anestesiado completamente. Cada vez siente menos y siente cada vez más sueño, ¿o es cansancio? No tiene sentido del tiempo, lo que para él son minutos bien podrían ser horas. Siente que tardan mucho en regresar, esa sombra que le ofrecía ayuda. Empieza a preguntarse si le ayudarán o le dejarán ahí olvidado. Sigue temblando. Está mojado y congelado. Ya no siente la pierna, ni el dolor. Ya no sabe dónde termina su espalda y dónde empieza el frío barro en el que se está hundiendo. Quiere dormir. Sólo quiere dormir. Así que cierra los ojos, hasta que vengan a por mí, se dice. Busca los auriculares, pero sólo encuentra uno: la música sigue sonando. Se lo coloca en su oreja mojada y fría, y puede escuchar la música; vuelve a escuchar la música. Se relaja y se deja llevar. No quiere pensar más. No quiere que siga el dolor. No quiere seguir sintiendo el frío. No quiere pensar por qué no han vuelto a tener café. No quiere pensar en el mensaje que ha escrito en la ventana. No quiere preocuparse de eso ahora, porque pronto vendrán a ayudarle. 

| Colin O’Brien
Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s