Se me ha ido alguien…

… y me sangra el corazón, no en tinta, sino en silencio. Tanto silencio que ensordece, que grita en mí una historia, pero es toda una historia que no dice nada.

Todo son ahora frases rotas, palabras a medias, sentimientos callados y sollozados contra el vacío.

Y es que la muerte no pesa por los que se van y nos dejan, ni por los vivos que nos quedamos atrás. Ni siquiera pesa por todo el pasado y la memoria que se nos cae encima de golpe. No. La muerte pesa por el vacío que deja: el irreparable, irremediable, irremplazable, insondable, incolmable vacío. Paradójicamente, también es un vacío ingrávido, lleno de memoria, que flota y tira, tira muy fuerte de nosotros hasta que nos deja por los suelos, nos arrastra… y nos absorbe. 

Parece un poco morboso hablar de la muerte así, tan de seguido, obsesionándose con cada detalle sentimental que nos evoca. Pero al igual que nos atormenta —porque es que nos atormenta: nos embruja, nos persigue, nos tortura—, hay algo muy liberador, muy aliviador, en hablar tan profusamente de la muerte: hablar así, al detalle, languideciendo (en) las palabras. Y es que estas palabras, aunque ahogadas en lágrimas, parecen conjurar el alivio; lo invocan. Cierto que estas palabras son ahora espectros y divagan por nuestra mente sin meta, sin camino, sin propósito, sin destino; merodean en nosotros, apesadumbrándonos, afligiéndonos, adoliéndonos; pesarosas palabras. 

Pero son palabras que viajan, que siguen, que por pura inercia tiran de nosotros. Nos sacan de la penumbra, poco a poco, y nos devuelven a la realidad —o la irrealidad— de la muerte. Nos devuelven a la corriente de la vida, aunque estén siguiendo la corriente de todo aquello que ya ha pasado: que se ha ido, que ha fenecido, que ha sucumbido, que nos ha dejado y se hace recuerdo fino, lentamente olvido…

No. Olvido nunca. Pero devotamente se desea que sea así. Aunque sea olvidar que la muerte, eso que tanto evitamos nombrar pero que tan presente tenemos en nosotros, haya ocurrido; que no podemos creer que haya ocurrido; que en estas ocasiones no puede haber ocurrido. 

Se me ha ido alguien y no puedo hacer más que callar: callar en un angustioso silencio que me empequeñece, que me desgarra por dentro y me encoge, me quita el suspiro, me roba el pensamiento, e incluso el sueño… 

Se me ha ido alguien, así que perdonadme el silencio.

Te has ido… | Ian Blázquez
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