Última oportunidad

Qué tontería, ¿no? En mi cabeza me digo lo de la última oportunidad y todas esas memeces, pero en la realidad no te estoy hablando: no te digo hola-qué-tal ni cómo-ha-ido-el-día, ni todas esas cosas tan simplonas que, quiero imaginarme, te hacen sonreír al otro lado de la pantalla. En fin, que me estoy diciendo lo de la última oportunidad, pero ni siquiera estoy aprovechando la primera

Lo que estoy haciendo, sin embargo, es escribir todas estas palabras intentando averiguar. . . nah, viviendo una fantasía. Así de sencillo. Porque últimamente eso es lo que hago con mi realidad, la vivo como en diferido. Más bien alejado del rechazo, del miedo, la duda, cobardemente. Busco un refugio —esa famosa zona de confort— en estas líneas, en verdad barras de la prisión de mi imaginación, sintiéndome seguro y protegido, y conjeturando sobre la realidad que pasa ahí afuera, que es fría, que es ventosa, que es cruda y, sólo algunas veces, también cruel. 

¿Pero qué sabes tú de crueldad? Qué sabe nadie, en realidad, de crueldad. Hablamos de lo cruel, de lo cruento incluso. Que por cierto, cruento es mucho peor que cruel: todo lo cruento es cruel, pero no todo lo cruel tiene que ser cruento. En fin, que no sabes nada. Que lo que estás haciendo —haciéndote, si me permites afinar— sí que es cruel: fantasear sobre la realidad vista desde lejos, acomodado en tu escritorio, entre tus palabras, a golpe de papel y tinta. Nada más. Yo considero eso cruel, porque las historias de verdad, con las que uno se ensangrenta y se encalla las manos, se llena los ojos de lágrimas, se anuda la voz, siente mariposas revoloteando en el estómago y escalofríos en la noche gélida, aprende lecciones… Ésas, están ahí afuera. Como tú mismo dices: en el mundo frío, ventoso, y crudo. Y uno tiene que salir ahí afuera a vivir esas historias; sufrirlas, si me permites. Sentirse al límite, precipicio a precipicio, al borde del abismo. Como si estuvieras a punto de morir. Pero no. Porque en ese mismo momento, alcanzas al cénit de la vida. Todo lo que no sea eso… es cruel. 

No sé si crees en las últimas oportunidades, pero yo algunas veces sí. Algunas veces. Algunas veces, después de la primera y la segunda, no sólo van la tercera y la cuarta… Van las que sean, las que hagan falta. 

Lo irónico es que creo en eso, pero también me da miedo.

Porque —creo que necesariamente— si crees que hay una última oportunidad, es que crees que éstas pueden acabar. Que irremediablemente llegan a su fin, sin vuelta atrás ni manera de volver a empezar de cero: resetear el reloj; que los granos vuelvan a subir por el cuello de cristal, se detengan, respires, y entonces empiecen a caer de nuevo. Y alivio, no es el fin.

En este caos de granos de arena, tiempo, creencias y oportunidades… siento que ésta es la última. Creo que ésta es la última. Sé que soy gilipollas, pero siento que ésta es la última de todas las oportunidades que pueda tener contigo: es la última que tenemos para conocernos, para salir y tomarnos ese café tan soñado y prometido, para descubrir si hay una historia de verdad entre nosotros o, por lo contrario, tenemos que dejarnos, callarnos, olvidarnos y, finalmente, convertirnos en uno más del pasado.

Qué tontería, ¿verdad? Que hable de estas últimas oportunidades cuando en realidad nunca te he hablado de verdad, nunca he comprobado si estos sentimientos de duda tienen fundamento, si todo este castillo de naipes en mi cabeza es real, o sólo eso: otro castillo de naipes donde barajo últimas oportunidades sin nunca aprovecharlas. 

“…otro castillo de naipes donde barajo últimas oportunidades sin nunca aprovecharlas”. | Rafal Olbinski
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