Navidad pasada, Navidad futura

La felicidad muchas veces tiene varias dimensiones. A la gente se le olvida eso. Nos han hecho creer que la felicidad pasada ya no es felicidad, y sólo es nostalgia; que la felicidad sólo puede ser futura, o incluso presente. O presente-futura. Pero la felicidad nunca tiene una dimensión de pasado… Pues yo tengo una dimensión de pasado para la felicidad, y no por ello deja de ser felicidad. Al menos me saca una sonrisa y me llena el corazón con una extraña calidez. Extraña, porque inevitablemente es una felicidad ya realizada, y no una por realizar. Pero, ¿es que la felicidad siempre se tiene que realizar? ¿Acaso no se puede también recordar?

El jardín ha quedado vacío. Dentro, el polvo se amuebla capa tras capa. El sol brilla con fuerza en el cielo despajado de diciembre; la temperatura es de octubre, y se nota. Se nota mucho. Los árboles lo notan, algunas flores atrevidas en las carreteras que van a Toledo también. Igualmente aquí los altos picos de la Sierra andan desnudos de nieve; los ríos van desnudos de agua. 

La luna llena brilla en una noche de Navidad. Dicen que pasa cada 38 años. Otros hablan de presagios. Yo miro el cielo estrellado ya de invierno y en vez de estrellas-guía que anuncian nacimientos como en las Antiguas Historias, veo una preciosa luna entera, plena, llena, ancha, completa que anuncia una noche preciosa. 

El frío cae en raso, de golpe, directamente desde las gélidas estrellas. Parece que el cielo ha quedado abierto y todo el espacio se cuela dentro, sobre nosotros. Y el calor se escapa. Las chimeneas andan apagadas, en las calles arde el silencio. 

Un vaso vacío de vino se viste de melancolía. La esquina del salón, también vacía, sin embargo, recuerda al árbol. El sueño del pasado. Y lo recuerda bien, aunque nunca decorase uno. 

El árbol… Las guirnaldas, las luces, las bolas de cristal, de metal, de plástico, de colores; todas memorias ahora empaquetadas en cajas polvorientas y olvidadas apartadas en esquinas lejanas y abarrotadas de cosas y objetos del pasado. Todo porquería, como tantas veces se dijo. En el fondo de unas de las cajas, recuerdo, guardé hace ya demasiados años para recordar bien, un belén de cerámica incompleto. 

Ahora ya no importa, todo parece sin importancia, como si hubiese sido un sueño o una ilusión.

Me imagino en mis manos aquel belén de cerámica que con tanto esmero y cuidado cogía para exhibirlo en la repisa de la chimenea inutilizada. Todas las guirnaldas que colgaba de las paredes, de los cuadros, de las estanterías. Los copos de nieve recortados a mano de folios de papel cuidadosamente doblados. El árbol haciendo esquina, a medio decorar, luciendo bolas de todos los tipos: bolas de cristal transparente con motas de blanco, simulando nieve; bolas de colores metálicos que reflejarían nuestras risas y todos los momentos compartidos en reunión estrictamente familiar; otras bolas, de dorado y plata, de mate, de purpurina, de formas. Y otras decoraciones: estrellas de cristal, sonajeros, campanillas. Un árbol variado; un árbol que medía pasados los dos metros, que tocaba el techo; un árbol ancho, de metro veinte de envergadura, cuidadosamente ramificado, meticulosamente recubierto de pequeñas hojitas verdes. Icónico en mi memoria. Icónico de mi Navidad. 

Ese árbol ya no está. Se dejó atrás mientras escapábamos de la destrucción: maletas en manos, lágrimas en los ojos, el corazón apretado, para nunca mirar atrás; para nunca volver. 

Para nunca ser igual. 

Miro ahora esta esquina —en otra casa—, con plantas tropicales, con cables de la televisión, con cuadros poco acertados. Miro esta casa y esta casa no pide Navidad. Yo tampoco la pido, pero la recuerdo. La recuerdo muy bien y muy detalladamente, con nostalgia, y restos de ira y resentimiento, pero con felicidad todavía. Y quiero olvidarla. Quiero dormir y soñar otras cosas. Quiero que la Navidad pase y llegue el año nuevo sin secuelas, sin otro calendario al que tacho la Navidad como otro día más, pretendiendo… diciéndome que es otro día más. Sin recordar, o sin querer recordar… Esperando tal vez que este año, otro año, no sea otra Navidad sin Navidad.

 

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