La última noche

Uy, el tiempo apremia. Por un momento me laten los nervios, como si estuviéramos todos pendientes de un gran reloj de arena que está a punto de terminarse. Y cuando el último grano toque el fondo… ¿Quién sabe? 

La última noche del año | Ian Blázquez

De pequeño vivía el cambio de años así, como si el mundo cambiase de la noche a la mañana. Había, en pocas palabras, un sentido de ilusión. Pura ilusión. Y expectación. Mucha expectación. 

Ésa es la magia del lenguaje, supongo. Que mañana cuando amanezca el primer día de enero, primer día del año, todo lo que pase esta noche es cosa del año pasado. Literalmente. 

Como si se levantara de repente una barrera, una frontera en el tiempo, el ayer —31 de diciembre del 2015— no tiene nada que ver con el hoy —1 de enero del 2016—, y por fin, ¡por fin!, habremos dejado atrás todos los problemas, habremos empezado desde cero, habremos hecho borrón y cuenta nueva y estaremos reiniciando la vida con los ajustes de fábrica. 

Por un momento… el lenguaje —y la percepción— nos engañan. Y nos dejamos engañar. 

Y bromeamos con los amigos: ¡eh, que llevo sin verte desde el año pasado!; tiramos los calendarios en los que hay tantos días tachados y estrenamos nuevos calendarios que nos durarán, con suerte, otros 365 días. Los problemas del ayer se hacen lejanos, y los del mañana… 

Necesitamos referencias en el tiempo. Necesitamos que los años acaben y terminen; que pasen, en fin. Porque si el tiempo no tuviese medidas, sería una locura… ?

No sé. Tal vez sea que he salido de esa etapa de añosviejosañosnuevos, y empiezo a contar los días de uno en uno, de semana en semana, hasta que cumplo los sencillos —pero sinceros— objetivos que me he propuesto. No para este año nuevo, no. Para mi vida. 

Hoy 31 de diciembre he salido por mi campo de la sierra madrileña —me ha parecido la mejor manera de celebrar el fin de año, sinceramente—, casi a última hora de la tarde, mientras el cielo encapotaba y las nubes no se decidían si llover o no. Colgando sobre el horizonte me podía imaginar el sol. No siempre tienes que verlo para saber dónde está. Este diciembre ha sido raro, muy raro: los árboles no terminaban de desnudarse —estaban medio amarillos, medio verdes—, el granito no helaba, las montañas estaban desnudas de nieve y el pino flaqueaba bajo el sol, tanto sol. Más que invierno, ha sido el perpetuo otoño. Que está muy bien, pero aunque yo tolere mal el frío, esta tierra es de frío: sus bosques son de frío, sus ríos son de frío, su época también es de frío. 

El invierno en España es muy bonito, si me lo permitís. Es… distinto. 

El caso es que la tierra olía a la última lluvia y el viento agitaba tímidamente el frío bajo la copa de las encinas. El silencio era invernal: no había pájaros ni conejos. Sólo se oían los coches que pasaban por la carretera, pero que se apagaban poco a poco a medida que me alejaba más. Ni siquiera sonaba la arena bajo mis pies. A lo lejos veía cómo el viento riza los nubarrones en los picos de las montañas. Por un momento se abría un claro y se escapaba un rayo de sol. La última tarde del año, pensé. Hay algo muy poético en todas las cosas que acaban, o que llegan a su fin. Este momento que no es igual que los otros. El hecho de conocer que algo acaba le da sentido, y significado. Tanto significado… 

La encina oscurecida, el quejigo desnudo, el enebro azulado, el musgo tierno y verde, las hierbas rociadas por la neblina, la cornicabra roja y mustia… En fin, ahí afuera el tiempo pasa de otra forma —aunque parezca que no pasa—. Para el campo mañana será otro día de invierno y esta noche será otra noche de frío esperando a que el sol rompa el conjuro de hielo. No hay relojes, no hay días, no hay calendarios, ni fines de año. 

He parado varias veces y he cerrado los ojos. Tenía los dedos, la nariz y las orejas entumecidas por el frío, pero me ha dado igual. El silencio me engullía y me abrazaba, y el mundo andaba mudo; parecía también que el tiempo había dejado de existir. Sólo existía el ahora y el aquí. Nada más. Sonreía. Seguí mi camino, tranquilo, feliz. 

Al volver, entiendo que el año es lo que hagas de ello: lo que quieres que sea, que llegue a ser, que te gustaría que fuese, o incluso, lo que ha sido y será. El año lo haces tuyo y de nadie más. Es un tiempo más en tu vida: vívelo al máximo todo lo posible. 

Y déjate de calendarios, de fechas, de horas, contando, contando, siempre contando. 

Que siempre sea, cuanto menos, un feliz año. Ni nuevo ni viejo. 

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