Alejado

¿Qué más se pierde después de todo lo perdido?

Fue un momento de debilidad, la verdad. Ahora en navidades parece que todos coincidimos en los mismos rincones de Madrid. Y algunas veces la multitud es tal, que no puedes evitar ser arrastrado por sus calles.

Tampoco pasa nada. Al principio te da lo mismo: no vas con prisas, no tienes planes, estás solo y no tienes que estar pendiente de perder tu compañía en el caos. Pero llega un punto en la que no pueden dirigir tu vida por ti y tienes que tomar las riendas.

Supongo que eso es lo que me pasó, que me rebelé contra la corriente.

Pero en el momento —y el punto— en el que pude liberarme por fin de la incesante marea humana, la vi a unos metros delante de mí. Con él. Y me quedé congelado.

De verdad, me quedé parado mientras se formaban dos corrientes de gente a mi alrededor.

La multitud con suerte me ocultó y no llegamos a vernos. Pero yo sí la vi a ella. Como para no verla. Pero por el precio de no ser visto, tuve que sufrir el sabor amargo que supuso esa coincidencia. ¿Justo cuando salgo? ¿Tenías que estar en ese momento, aquel día, en ese punto cuando yo decido seguir mi propio camino? ¿De verdad tenías que estar ahí?, lamenté.

 

Ella se ríe, él le susurra algo al oído muy cerca y sonríe. Se miran. Las luces del árbol metálico que han instalado en el centro de la plaza les colorean un lado de sus caras. Sus bellas caras. Se besan.

El tradicional árbol de Navidad en la Puerta del Sol, Madrid | Cahesar

Había tantas salidas en ese momento, cuando todo es ciudad, cuando hay tantas calles alrededor, cuando la incesante multitud no deja de moverse y podría haberme perdido tan fácilmente, pero… simplemente no supe dónde meterme. No pude darme la vuelta, no pude dejar de mirarlos; no pude dejar de sentir que se volvía a formar un nudo en la parte superior del corazón y me ahogaba poco a poco en el aire frío de invierno. No pude dejar de sentir que algo dentro de mí volvía a romperse, poco a poco, violentamente, desgarrándome, sin sangre, profundamente, en silencio. En el silencio de la multitud.

Se fundieron en un beso e incluso el tiempo se paró para mí.

Tan rápido como pasó todo, me vi unos segundos después apretando el paso en una de las calles de Madrid, bajo las decoraciones de neón en rojos y verdes, escapando de la plaza. Escapándome del dolor, perdiéndome entre otra multitud, olvidándome a medida que me alejaba. Siempre alejado.

 

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