No saber a dónde vamos ni de dónde venimos

Justo al ocaso, cuando el sol desaparece tras el horizonte, el cielo se tiñe de rojo, de naranja y amarillo, y rosa y morado fulgurante; la última llama, como algunas veces lo llaman. Después uno tiene aproximadamente 20 minutos para encontrar refugio antes de que el azul crepite y se convierta en marino, y después en negro; y el negro se haga azabache y la oscuridad lo engulla todo bajo un manto de frías estrellas.

Momento que compartió conmigo una buena amiga, gran cocinera e increíble fotógrafa, de un atardecer en nuestro pueblo perdido de la Sierra de Madrid. Más tarde escribí el relato, pero me di cuenta rápidamente que encajaban perfectamente… Bonitas coincidencias. | @Lazyloty

Habíamos conducido durante horas. Parece mentira cómo el tiempo se pasa volando en un coche. Habíamos atravesado bosques y montañas, y acabábamos de parar en una gasolinera a las afueras de un pueblo remoto, pequeño y recóndito. María y David se habían quedado dormidos: ella en el asiento del copiloto, él en la parte de atrás. E inevitablemente el coche olía a vida, a humanidad y a ganas; y a colonia mezclada con sudor, y a los pies de David. También olía a cerveza, a cigarros, a patatas de bolsa y hamburguesas rurales. Nos habíamos apiñado en el viejo Citroën de mi padre, con todas las cosas que nos queríamos llevar, a empezar una nueva vida en alguna parte que aún no conocíamos. Todo dependía del camino, y de mi buen juicio al volante.

El frío empezaba a notarse porque el tiempo al otro lado de las montañas es distinto. Radicalmente distinto, como las personas. Al salir del coche, respiré hondo y me despejé. Tirité un poco. Estiré las piernas, me desperecé y caminé hacia la tienda. Me di la vuelta para ver otra vez aquel ocaso desgarrado y cómo estaba troceado por las nubes; joder qué bonito, pensé.

Vi a María moverse en el asiento: se desperezaba. Me quedé mirándola un rato, sin prisas ni preocupaciones. No había nadie, no había tráfico; había silencio, grillos, mundo que seguir. Así que me lo podía permitir. También me permití sonreír. Dio un bostezo; David se retorcía en el asiento de atrás, todavía dormido. Salió del coche y se estiró, con los pelos hechos una leona, cuando más guapa está. Se dio la vuelta, la sonreí:

—¿Dónde estamos? —casi gritaba. David se daba otra vuelta; no es muy cómodo dormir en el coche.

—Ni puta idea —dije.

—¿Y el mapa?

—Por ahí está —respondí con indiferencia. Empecé a visualizar toda la basura que habíamos acumulado en estos días, y el pobre mapa en el fondo.

—¿A dónde vas?

—Voy a mear y a comprar agua. Tengo la boca seca. ¿Quieres algo?

Se apoyó sobre el coche, dándome la espalda. Entendí que no quería nada, pero por si acaso insistí:

—¿Que si quieres algo? —pregunté un poco más alto. Ella negó con la cabeza pero sin mirarme. Es que el ocaso era jodidamente precioso.

 

Al salir, David entraba.

—Me podíais haber despertado, cabrones.

—¿Para qué?

—No sé, pa’ ir al baño, comprar algo, tomar el aire. Algo.

—Ah, no sé, chaval. —Siempre ha odiado que le llamemos «chaval». David, que ya había cumplido sus 26 años, se sentía de todo menos un chaval. Con la barba enloquecida, los pelos revueltos y un sentido de la vida despreocupado, vivía al máximo su adultez. Pero sin la responsabilidad, obviamente. Había viajado a Sudamérica buscando respuestas —respuestas a la vida, como dijo antes de embarcar en el avión hacia Colombia— y, al regresar a Madrid, se metió a un grupo que nunca supe muy bien qué hacía. Reivindicar y rebelarse contra el sistema, como a él le gustaba, pero sin moverse tanto como debiera. 

Pero a todos nos entró (de golpe) algo aquel verano, como que nos faltaba algo en nuestras vidas. María me llamó a altas horas de la madrugada un día: —Eh, ¿te he despertado? —¿A ti qué te parece? —Lo siento. —No pasa nada. ¿Qué pasa? —Tenemos que hablar. —¿No puede esperar? —No —. Así que hablamos. Hablamos durante más de una hora. Casi se me apaga el móvil por falta de batería. —Que nos tenemos que ir. Lo tengo decidido. Nos tenemos que ir. Todos —me dijo segura, entusiasmada; fumada seguramente. —¿Qué te has tomado? ¿Irnos a dónde? —la pregunté. No me lo podía creer y empecé a dudar si era real o sólo estaba soñando.

Al día siguiente quedamos y me repitió la historia desde el principio, «por si no te enteraste anoche» recalcó.

Así que hablamos los tres durante una cena, y dos, y tres… Y después de muchas cervezas y algún que otro porro, les sugerí coger el viejo Citroën, preparar alguna que otra maleta con lo básico, montar el coche y pirarnos. Pirarnos lejos. David vaciló varias veces, «pero, pero… ¿y la familia? ¿La peña?» preguntó. «Lo entenderán» sentenció María. Y los tres aceptamos.

Ahora estábamos los tres allí, en una gasolinera en medio de la nada, apoyados en el coche, encogiéndonos con el fresco y contemplando, hombro a hombro, aquel increíble ocaso.

María me dio un codazo. Giré la cabeza. Ella me sonrió.

—¿Sigues queriendo hacerlo? —me preguntó.

La miré a los ojos y a los labios, y ese pelo castaño que tan bien le enmarcaba la cara. Todo era perfecto; era tan guapa.

—Por supuesto —dije.

Y me besó.

Pude sentir cómo David nos miraba.

—Ahora os pilláis una habitación en el hostal, eh —decía con sarcasmo.

Le di un codazo; los tres reímos.

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