Nos escribíamos

Acostumbro a escribir notas de impresiones de mis días en la ciudad en papeles sueltos que luego guardo y muchas veces olvido. Se apilan en mi escritorio, sin control algunas veces, en los cajones, entre cuadernos, marcando las páginas de libros que nunca termino de leer. Tiempo después, pueden ser incluso años, los rescato de ese exilio inconsciente y los releo, eufórico —¿qué si no?—, porque parece que estoy descubriendo un mundo nuevo que me aviva la imaginación. Y es que, aunque esas notas tengan su momento, las imágenes que conjuran en la mente —porque ésa es la palabra, «conjurar», como si fuese magia— parecen atemporales, siempre de otro mundo. Y cuando las releo, la voz es nueva, y no es mía, empieza a contarme su historia. Esas notas, la verdad, siempre parecen ajenas. Y me encanta. Algunas veces las leo realmente creyendo que alguien me las ha metido en el bolsillo —¿habrá alguien que lo haga?—, porque el sentimiento que encierran las palabras, me parece, es completamente desconocido. Aquí tenéis una nota de ésas:

Nos escribíamos. Él lo sabía, yo lo sabía; nos sabíamos, y nos escribíamos. Habíamos alcanzado ese momento entre dos escritores que conocen la misma historia

… y se saben como descubridores de la misma.

Había algo íntimo en ese intercambio de miradas donde estábamos diciéndonos: «sé que escribes. Sé que estás aquí para escribir, porque yo también estoy aquí para escribir. Te veo escribir: veo tu cuaderno, tu bolígrafo, tu música; tú me ves el cuaderno, el bolígrafo, mi música. Y por un momento somos iguales, somos casi hermanos; tenemos esta locura que compartir».

No deja de ser una sensación extraña. Entras a un local diseñado para atraer a gente que escribe, por su decoración, por su ubicación en la ciudad, por la ubicua taza caliente que sirven, por el ambiente de silencio e intelectualidad; por lo que fuese, pero ahí estás. Y tienes un plan sencillo: quieres escribir. Pero lo primero que notas es al otro que escribe, que es como tú —o no tanto—, que hasta cierto punto también ha sido atraído por los mismos ideales (literarios), que persigue una vida dedicada a las palabras, que las disfruta; que está ahí porque quiere estar ahí, porque lo elige; porque no concibe pasar el tiempo haciendo otra cosa. Y sabes que si te pones a ello, os entenderíais de maneras que otros no entenderían.

Es, en pocas palabras, una atracción. Pero es otro tipo de atracción, porque va más allá de la simpatía, o la empatía: es algo pasional.

Y yo lo confieso. Confieso que aquel día iba con intenciones de escribir tranquilamente a un local que siempre está abarrotado de gente. Gente que, debo notar, tiene mi admiración y respeto, pero con la que (sé) nunca me podría juntar. Precisamente por eso voy a este tipo de locales: porque es en este tipo de multitud donde puedo encontrar un momento de soledad y paz que quizá una habitación vacía y silenciosa no me puede dar.

Elegí mi esquina —siempre esquina—, saqué mi cuaderno, mi bolígrafo, hice mi pedido de té, me puse los auriculares y me dejé llevar. Y lo vi.

Cada mirada es distinta, pero ésta es siempre la misma. Observé todo lo que yo iba a hacer, él ya lo estaba haciendo: ya tenía el cuaderno abierto y el bolígrafo destapado; tenía la música puesta y la taza estaba medio llena (soy así de optimista). Y me miró, por encima de sus gafas, porque parece que todos llevamos gafas; y me miró curiosamente, como esperando algo de mí: un gesto de camaradería, un saludo de escritor; algo. Me miró y le miré.

Y me sonrió.

Fue sencillo, pero muy humano. Fue algo que, a pesar de lo que muchos nos quieren hacer creer, no era sexual. Más allá del cinismo. Era algo espiritual. O artístico. ¿Sentirán los músicos lo mismo cuando se miran y se reconocen? ¿Y los dibujantes? ¿Y los actores? 

¿Acaso es una mirada de mutuo respeto, de admiración? ¿O es la mirada del reconocimiento, esa mirada tan poderosa que es, después de todo, lo que nos hace realmente humanos: que reconocemos en el otro algo en nosotros y con un gesto tan simple, lo decimos todo? 

La verdad es que me quedo sin descripción. La mejor forma que se ocurre de describir ese momento es que… Nos escribíamos. Y fue muy intenso.

 

| Thomas Leuthard

 

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