En busca del tiempo perdido.

Esta historia la he escrito tantas veces, que ya no me acuerdo. Ya no me acuerdo cuándo empecé, quién era, qué significaba. Ahora no sé por qué vuelvo a empezarlo, quién soy, qué significa. Pero sigue en el fondo de mi caótica mente y tengo que escribirla.

Era primavera. Era un 2 de abril de 2010. Hacía calor. Salía de casa con prisas —como siempre— y recuerdo que dejé la gata fuera en la calle. Nunca más. Al volver la vi atropellada en un lado de la acera y algo en mí también murió. Nadie conoce esa parte de la historia porque hasta ahora nunca me he atrevido a contarla. Pero ya han pasado los años y me estoy haciendo viejo de repente. Lo único que sé es que algo en mí cambio para siempre.

Ese tipo de cambio la gente no lo ve, porque no es una cana que te sale o una mancha en la piel; no es nada físico. Es algo dentro, muy dentro, en las opiniones y las ideas, y las neuronas, que te mantiene de pie y despierto día tras día, y le da sentido a esta existencia. Es, como dirían, un cambio profundo y radical, que no conoces hasta que pasa, como un huracán: primero te escondes, luego sales a ver qué ha quedado tras el desastre. 

Acostumbro a pensar en cómo funcionamos a cómo funciona un ordenador, con sus partes físicas, su código de programación y la interfaz. Nosotros somos iguales: somos unas partes físicas, un código de programación y la interfaz. La única diferencia es que nosotros estamos conscientes: que si nos quitan una parte física, nos duele; que si nos cambian el código, enloquecemos; y que si nos tocan la interfaz, o nos excita o nos cabrea. En otras palabras, nosotros reaccionamos y los ordenadores no.

Yo pienso que algo en mi código cambió aquel día. Concretamente, el programa mental que maneja la palabra «luego», mi mente lo enruta a otro comando, otro pensamiento; se reformula y mis sentimientos cambian. Cada vez que escucho o pienso en la palabra «luego», para mí no tiene sentido; no significa nada. Además, me dan retortijones. Reacciono fuertemente a la palabra, me quedo paralizado.

Cuando dejé a la gata fuera, pensé «luego te veo». Pero fue mentira. Fue tal el sentimiento de remordimiento y de culpa que sentí después que algo en mí se resquebrajó, y «nunca más». Aquel día no lloré, pero lloré después; ratifiqué mi error después; aprendí que «luego» no significa nada después. Cambié después.

Algunos pensaréis que qué tontería, qué nimiedad. Puede ser… Pero yo no controlo qué me cambia.

Ese mismo año entré en la universidad, me cambié de nombre, me hice un tatuaje, dejé de ser tímido y empecé a ser más atrevido, con las ideas claras; empecé a rebelarme. Y dejé de creer en la palabra «luego».

Tal vez desde entonces empecé a estar fijado con buscar el tiempo perdido, que es el tiempo que hay entre el luego y el ahora, ese tiempo que inevitablemente pasa y no computa. 

Más tarde, coincidencias de la vida quizá, aprendí que compartía el título con la obra insigne de Marcel Proust. Aunque nunca lo he leído, no sé si le estoy plagiando —lo siento—, pero quiero creer que el sentimiento es el mismo: que nos hallamos en pesquisas y preguntas sobre un tiempo…

que nunca es nuestro,
que no se tiene
pero que siempre se da,

que viene
y se va,
que se pierde
o se gana,
pero sin el cual, todo el rato, no podemos avanzar.

He escrito esta historia tantas veces ya,
pero parece que nunca termino,
que siempre estoy por empezar.
Que el tiempo está perdido, 
y perdido quedará. 

 

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