El corazón de hielo

El último rechazo —de tantos— le dejó helado. Del puro impacto, la mirada se le rompió en mil fragmentos que se esparcieron por el suelo. No eran lágrimas, simplemente que su frágil visión sobre el mundo por fin se había roto. Perdió el brillo que tanto le delataba cuando sentía algo y el color de sus iris, quedándose con dos ojos negros que no podían ver nada. 

Y es que ahora, con una mirada rota, no podía captar la luz o el calor, o la esperanza, y consecuentemente su corazón se enfrió poco a poco, hasta que se hizo de hielo. Inevitablemente. 

Al principio se asustó, pero al igual que todo el mundo, sabía que no había curas para un corazón de hielo. Al menos no una inmediata. Y de todas formas, aun si la hubiera, para él ya era demasiado tarde. 

Así que desistió en buscar el amor. Lo dio por perdido. “Ya está, no es para mí” se dijo, con resignación, y tanto como pudo, intentó seguir con su vida.

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Por si acaso, se documentó sobre su estado. Leyó una obra llamada “Manual para los descorazonados” —aunque él no fuera uno— y aprendió que si un corazón permanecía congelado mucho tiempo, podría volverse de piedra. “Entonces sí que no habrá cura” pensó. Pero el manual no decía mucho más: «cualquier corazón puede resistir tantos rechazos hasta que se congela, ni más ni menos […] Hasta cierto punto, es mejor tener un corazón congelado que tener un des-corazón: deshelar requiere menos esfuerzo que rehacer» añadía el autor. Aunque no le tranquilizó, sí encontró cierto alivio en esas palabras. 

Pasó a leer otro libro, esta vez más médico que técnico —no recuerdo el título—, y comprobó todos sus síntomas: «cuando uno es rechazado, aparecen las siguientes fases: una primera de pérdida de la duda», y pensó cómo se había convencido de que ya no podía ser amado; «una segunda fase de pérdida de la memoria y de las habilidades psico-somáticas: el sujeto empezará a sentirse menos capaz de amar, y al igual que una extremidad malograda, el corazón perderá sensibilidad. Si no se trata esta fase, el sujeto perderá la capacidad para registrar emociones de amor, y por tanto, el corazón se congelará». “Después de tantos años, obviamente no podía ser menos que un estado crónico”, y pensó en su corazón de hielo. Siguió leyendo: «el síntoma final es la pérdida de la esperanza. Pocas veces se ha diagnosticado una pérdida de esperanza y los casos en los que sí, los sujetos no han sobrevivido. Si el sujeto empieza a sentirse desesperanzado, debe acudir a urgencias inmediatamente para una transfusión de emociones. Esta tercera y última fase implica la pérdida del concepto de amor, el olvido absoluto, la incapacidad para sentirse consecuentemente feliz y, en los peores casos, pérdida del ser».

“Aún hay esperanza” pensó. Para bien, o para mal, el sentimiento del amor no es tan fácil de olvidar. Es una… habilidad que, por sí sola, presenta mucha resistencia ante esta enfermedad del corazón rechazado. El amor solo causa esperanza, y la esperanza alimenta la idea del amor. Es como un círculo vicioso, algún tipo de mecanismo de seguridad del organismo que para el avance del rechazo.

No obstante, aunque no había perdido aún la esperanza, sí había perdido la ilusión. Ahora era incapaz de sentir algo cuando alguien le lanzaba una mirada y una sonrisa al mismo tiempo, por ejemplo; o se encontraba con alguna mirada perdida en el metro. Un gesto tan simple, en él ya no despertaba nada.

Tampoco le preocupaba mucho, más que nada porque en ninguno de los textos pudo leer algo sobre la ilusión, así que supuso que no era tan importante como el mundo le había hecho creer. 

Aun así se andaba con cautela. Pensó que a lo mejor el problema no era él, sino el mundo; que a lo mejor a todos les pasaba que no encontraban su amor (prometido); que a lo mejor el amor inevitablemente se acababa y el corazón se congelaba; que a lo mejor el amor no era algo eterno, sino que era un instante, un abrir-y-cerrar-de-ojos, un puf y ya está, y a él se le había pasado. Se consolaba pensado en esas cosas, y en éstas otras: que como la vida misma, nada duraba para siempre. O tal vez, y sólo tal vez, era el rechazo lo que no duraba siempre y el corazón, con alguna primavera de emociones, por fin se deshelaría y volvería, como debía ser, a su estado natural: ilusionado, activo, ferviente, entusiasta, emocionado… Aceptado y correspondido. No estaba seguro. 

Mientras tanto, no había respuestas para todas las preguntas que tenía. Quizá nadie quería hablar de ello. Quizá nadie quería saberlo. Quizá nadie quería decirlo… y estamos todos, en realidad, en un poco de simple y loca soledad. ¿Quién sabe?

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