El idioma del (des)amor

El italiano se hizo amargo en mi boca, todo hay que decirse. Era como una mala medicación, una cápsula que se había roto en mi boca: la segunda ruptura de corazón pareció causarlo, una ampolla rota que ahora liberaba un tóxico en mi alma; aunque en el fondo siempre supe que era medicina, alguna cura desconocida que al final surtiría efecto sobre las rajas del corazón. 

Ahora menos, pero aún vuelve la amargura cuando hablo en italiano: como si regurgitara los químicos —los recuerdos y memorias— llenos de resentimiento, dolor, incertidumbre y duda, frustración y, eventualmente también, tristeza. Y cierro los ojos, instintivamente, porque parece que cerrar los ojos alivia los sabores de las medicinas que tragamos. Lo cierto es que la amargura es tal que alguna vez he llorado, como si me hubieran puesto una cebolla cortada delante: no puedes evitarlo y el cuerpo reacciona con lágrimas. Mi abuela me decía que las cebollas nos hacen llorar porque nos quieren recordar el crimen que cometemos al cortarlas. Tal vez sí, tal vez no. Después de las lágrimas, sobre todo por la noche, algunas veces, la amargura se convertía en anestesia, pero no en olvido. Desgraciadamente aún no. 

Mi problema es que ya no es tu idioma, el que siempre me ha recordado a ti: a tu voz suave aun en el viento, tus abrazos cálidos contra el frío, tu pecho firme en el que soñar, o el perfume de tu piel. No. Ya no me recuerda a eso. Ya no resuena el ti voglio bene susurrado con cuidado en la noche, y ni siquiera hay un vieni con me e siamo insieme per sempre; se nos gastó la eternidad. Ya tampoco está el siamo tu ed io contro il mondo, porque ahora el mundo se ha quedado solo, y yo también.

Ahora el italiano me sabe amargo: me recuerda a algo que se fue, que ya no está, que me dejó; no fuiste precisamente tú. Fue el amor, que se fue, y dejó la memoria en un idioma que está roto, y que tal vez no sepa hablar otra vez en un buen tiempo… Ya sabes que los idiomas hay que practicarlos, aunque sólo sea de vez en cuando. Éste en concreto, creo que no podré hablarlo hasta que desaparezca esta amargura que me acorcha la lengua y me ata la voz. No es una amargura precisamente de la lengua: es del alma; hasta que no olvide, me conformaré con susurrarte en la noche que aún te quiero, en español, aunque el idioma de este desamor realmente se hable en silencios.

“Recuerda… Siempre seremos tú y yo contra el mundo, aunque ahora estemos lejos el uno del otro, estamos aún en el mismo mundo” | Ian Blázquez
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