Abismos

Apneísta Guillaume Néry buceando en un oscuro abismo en el océano | Casey Chan

Es muy angustioso estar en el fondo de un abismo, sobre todo si es uno con un fondo oscuro y paredes negras y rectas a las que no te puedes agarrar para subir y salir. Los abismos oscuros que se proyectan desde el fondo directamente al cielo sin visión de lo que lo rodea o de lo que pueda caer dentro, también son angustiosos. Te sientes atrapado: total y absolutamente atrapado. Y parece que no hay más solución que mirar hacia arriba, esperando, esperando a que lancen una cuerda o a que aparezca alguien que te eche una mano y te suba, y te salve.

Tocar fondo en un abismo, no obstante, tiene una ventaja: sabes que ése es el límite, que tienes los pies firmes en el nivel más bajo y que no vas a seguir bajando; o al menos esperas a que el suelo no se hunda y te trague para siempre. No: tocar fondo significa que ya te puedes relajar, que no vas a seguir cayendo. Por eso creo que es mejor encontrarse ya dentro de un abismo, en el fondo, que estar cayendo en uno.

Caer en el abismo tiene algo peor: no sabes cuándo pararás, qué te espera en el fondo, dónde están tus límites; no tienes más solución que caer, que dejarte arrastrar por la gravedad más y más en la garganta negra, agarrar aire y sólo aire, tal vez gritando sin emitir sonido, o sólo escuchando ecos; gritar sin que nadie te pueda parar. Además, hay algo en la caída: que es solitaria. Irremediablemente caes solo, y es algo que no puedes evitar. Es algo personal. 

Si pudiera eligir en qué abismo caigo —qué pensamiento tan inocente, ¿verdad?—, prefiero uno que tenga los lados inclinados, aunque estén muy inclinados: si son rectos, no tendré la oportunidad de subirlos, pero si están inclinados, al menos puedo intentarlo; dejarme las uñas, la carne y el hueso para intentar salir de ésta. Pero ¿para qué mentir? Si pudiera elegir, elijo no caer en abismos. No gracias.

Y todo esto porque he salido a correr… He descubierto que me gusta más subir cuestas que bajarlas. Tiene más esfuerzo, sí, pero cuando bajas, cuando caes pendiente abajo, hay parte de tu fuerza que no es tuya: es la gravedad que te tira, y es algo que nunca podrás controlar. Vale, puedes intentar reducir la velocidad, pero aun así: no es común caer cuesta arriba; es inevitable rodar cuesta abajo. Sin embargo, subiendo… toda la fuerza, todo el impulso, todo el esfuerzo es tuyo, lo controlas tú, siempre en contra de la gravedad. Es casi una relación matemática en la que, restando gravedad, el resto sabes a ciencia cierta que es tu decisión. Porque subir es siempre una decisión; bajar, algunas veces, es un accidente. Y caer… Caer es el destino diciéndote que deberías parar, que vas demasiado deprisa, que mires el camino; que pienses.

La vida es un poco así, ¿no? Un poco de abismos, de correr, de gravedad, de caer y subir; y esfuerzo y accidente, y querer mejorar. Siempre querer mejorar. Porque subir —cuestas, montañas; remontar abismos— tiene algo de mejora, tiene algo de destino y objetivo; de querer hacerlo, de querer llegar y de no mirar atrás. Cansa más, muy cierto, pero ¿qué en esta vida no cansa, no cuesta? ¿O acaso vamos activamente tirándonos en los abismos, rodando cuesta abajo, tomando el camino fácil y dejarnos caer?

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