Cadena de… Ilusiones

Como a quien se le cae una moneda y la deja, ya otro la encontrará: ¿por qué no pueden las ilusiones ser igual? ¿Por qué no podemos dejarle ilusiones a otro que hagan bien, que no se gasten, que no se rompan?

Como quien encuentra de repente 50 céntimos en la calle, y aunque no son casi nada, el descubridor siempre exclama con una inocente sonrisa: «¡ahí va, 50 céntimos!», y los recoge y se los mete en el bolsillo, tal vez un poquito más rico; un poquito más ilusionado. No es que vayamos encontrado céntimos todos los días, ¿o sí? 

No sé cuántas de estas historias serán ciertas, pero he visto a muchos que andan faltos de unos céntimos: para tomar el bus, el tren; para volver a casa. Y se lanzan a la aventura de encontrar céntimos de mano de extraños. No sé cuán frecuente es esto, pero encontrarse 50 céntimos cuando se anda corto de 20, parece un regalo; entonces podrá llegar a casa antes, cuando todavía es de día, para ver a sus hijos que llevan toda la tarde esperando a que vuelva; para fundirse en el beso de tu amor; para liberarse de un día largo y poder respirar un momento cuando está falto de aire. 

Creo que las ilusiones pueden ser igual: que se pueden dejar para que otros las encuentren, y se ilusionen tanto como nosotros, incluso un poquito más. Hacer así una simple cadena de ilusiones, como si fueran favores: dejarlas caer, que otras las recojan. 

¿Por qué no podemos dejar caer algunas ilusiones por la calle, como si fueran céntimos que encontrar? | Valentino Martínez
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