Hija de la violencia

Y cuando su puño tocó el pecho de su padre, con fuerza, y emitió un sonido seco de hueso y carne, paró su corazón. Dejó que su puño se relajase sobre aquel pecho viejo y sentía al mismo tiempo una cálida lágrima recorrer su mejilla.

La mirada de su padre se quedó vacía y quieta, fijada en la de ella que le miraba llena de ira y tristeza. Sus pupilas se habían agrandado en el momento en el que su corazón se detuvo y lo supo: sintió miedo, pero también alivio.

Rápidamente ella retiró su mano del cuerpo de su padre y en ese mismo momento, el monumento paternal se desarmó lentamente y empezó a caer libremente atraído por la tierra que ya le reclamaba. Se desplomó como un edificio controladamente derruido con explosivos, de abajo arriba: él notó cómo sus pies se despegaron del suelo —por un segundo creyó volar—, cómo sus rodillas vencieron; cómo el resto de su cuerpo hacía el resto del trabajo, y cayó. Cayó para siempre.

Su hija lo vio cómo un muñeco de trapo: primero su mirada de cristal que se vació de vida, luego su cuerpo que se convirtió en algo inanimado, casi de gelatina. Al impactar contra el suelo con todo su peso, hizo un sonido hueco que quedó almohadillado por la capa de hojas y por la densa vegetación.

Había llovido toda la noche anterior y la tierra estaba húmeda. Los árboles paraban algunas gotas en sus anchas hojas, pero otras hacían caída libre por el bosque y cantaban su coro de calma tras la tormenta.

Ella había salido corriendo de casa instintivamente hacia los árboles, tal vez esperando hallar un escondite. Él la había perseguido con gritos y sonoras zancadas que rompían las pequeñas ramas a cada paso.

Se retorció un par de veces; dio algún espasmo, porque seguía peleando por la vida. Pero luego quedó completamente quieto lleno de hojas, agua y tierra. Por fin murió aquel monstruo.

Ella sólo pudo mirarle desde otra realidad, como si lo viera todo a través de un cristal sin poder hacer nada; sin querer hacer nada. No pensaba nada. No creyó que su golpe causara el paro cardíaco; no creía en nada en ese momento. Sólo se quedó mirando fijamente aquel cuerpo, que ni siquiera consideraba algo suyo, como el de su padre. No: para ella eso ahora era algo que pertenecía al bosque en el que tantas veces tuvo que esconderse.

En realidad, en su cabeza sonaba música. Bella música. Era una melodía que había conocido tantas otras veces en un lejano pasado: cuando sus padres discutían, cuando volvió a casa tras el funeral de su madre; cuando él la pegaba. Ella se refugiaba en esa música y la reproducía en su mente silenciosa una y otra vez. Y ahora, en ese momento, volvía a sonar.

Pero esta vez sonaba con otro ritmo, con otra tonalidad y otro color: sonaba a libertad. Sonaba de verdad, grande y maravillosa. Y cuando otras veces no la llenaba el gran vacío que sentía, ahora sí lo hacía. La melodía por fin calaba en ella, en sus huesos y su alma; calaba como las gotas frías que caían en su cabeza, que atravesaban su pelo castaño y largo, y tocaban la piel debajo. No pudo evitar sonreír.

De repente el cielo rugió. Rugió fuertemente. Tal fue el rugido que el cielo pegó que su cuerpo se contrajo de miedo y la música en su cabeza paró de golpe. Como que salió de sí, del trance en la que estaba atrapada. Miró primero el cuerpo que rápidamente se estaba quedando frío, y luego miró el cielo: había matado a su padre. Ella, que aún seguía sintiéndose una niña por dentro, por fin venció al tirano y ahora era libre.

Pero se llenó de repentina amargura. El cielo volvió a rugir y el eco se extendió por el horizonte, más allá de los árboles y las montañas. Empezó a creer que era Dios, que rugía por aquel crimen imperdonable. Otro rugido cruzó el cielo y pareció desgarrarlo en dos piezas, o tres; o infinitos trozos de cielo que ahora se amontonaban en forma de nubes. Nubes negras y furiosas. 

Había mirado a su padre una última vez y al apartar la vista hacia arriba para ver la tormenta, la primera gota caía en su frente. Pronto su cara se llenó de fría lluvia y se mezcló con las lágrimas cálidas que la inundaban los ojos y se desbordaban por sus mejillas. En ese momento sólo pudo recordar algunas palabras de su madre: así es cómo alguien siente la libertad, cuando algo en ti se rompe para siempre y te lanza con fuerza hacia lo desconocido. La libertad no puede sentirse de otra forma

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