El último agosto

Estaba sentado en la penumbra reposando sus largos y grises dedos en las teclas llenas de polvo de aquel piano inmemorial. Era un piano sin lutier, sin marca ni número; sólo historia. Ni siquiera tenía nombre, y si lo tenía, hace mucho tiempo que lo perdió. Era un piano anciano, tan anciano como la melodía que estaba a punto de tocar.

«No debes tocar esta melodía a menos que sea totalmente necesario», me advirtió un día. «Es muy poderosa». Lo único que sé de ella es que está en la tonalidad de mi menor; las notas me son completamente desconocidas, y aunque las supiera, no las puedo escribir.

Me reposaba sobre el marco de la puerta aquella tarde de agosto, mientras afuera cantaban los grillos, cuando se puso a tocar la melodía. Las notas del piano no sonaban sólo a notas, sonaban a algo primordial, como el aire mismo por las que viajaban. Sonaban a tierra, a trueno, a vacío y tiempo. Era una melodía que invocaba algo en mí y las escuchaba como la propia voz del eco.

El viejo piano y el viejo del bosque

Pronto la casa sólo sonaba a piano: mis manos temblaban con la melodía, las ventanas vibraban, el silencio tomó por voz aquel sonido y se escapaba por las ventanas abiertas. La música se hizo grande, como una criatura mágica, y pronto ni hubo tiempo, ni mundo, ni calle ni casa. Sólo melodía en mi menor.

De repente el cielo se estremeció y el viento se levantó. Eso me sacó del trance y me asomé a la terraza para ver un frente de tormenta que se cerraba desde el sur.

—¿Qué haces? —le pregunté. No me hizo caso, siguió tocando.

Volví a la terraza. El viento venía con fuerza ahora, como si anunciara un presagio; algo iba a ocurrir. Ráfagas furiosas levantaron nubes de polvo que se arremolinaron en columnas y desaparecían. Los árboles se agitaban con violencia, claramente atacados por aquel elemento. Me parecía que tenían miedo, como si quisieran desarraigarse y salir corriendo. Los últimos pájaros volaban a su refugio, peleando contra la corriente que les arrastraba por los aires.

—Por favor, para —le dije. El piano seguía.

Llegó a tal punto que el viento empezó a arrancarle las hojas a los árboles y salían volando como balas llevados por aquella furia. Algunas se estampaban contra la pared o la ventana con un sonido seco. Las vallas temblaban, el metal chirriaba y los tejados empezaron a silbar. Las ventanas abiertas ahora gritaban, con las cortinas hinchadas a punto de explotar.

Empecé a correr por la casa bajando persianas y cerrando puertas. Cuando me aseguré que todo estaba cerrado, volví a la terraza acompañado por mi pequeño guardián.

—Amo, esto no me gusta —me decía mientras se escondía tras mis piernas, atemorizado.

—A mí tampoco —le decía con preocupación.

Veía como las nubes ganaban velocidad y pronto tapaban el cielo azul, y ocultaban el sol. Se movían vertiginosas unas tras otras, claramente en respuesta al piano. Así es como un mago anuncia su presencia.

Una gota gorda me impactó en la mejilla: ahora empezaba a llover. Gota tras gota, el rugido del viento se llenó de lluvia y se hizo ensordecedor. El polvo dio paso al barro, la calle se hizo río y las ventanas ahora se llenaban de agua, tanta agua.
El viento empujaba cortina tras cortina de espesa lluvia que caía con fuerza sobre los tejados. El viento ahora se hacía visible con los fantasmas de la lluvia, unos tras otros.

El horizonte desapareció. Las montañas también. Sólo había viento y lluvia. Y piano.

El piano se había convertido en una furia, sorda y ciega que no respondía ya a nada, ni siquiera a aquel viejo del bosque. Y a medida que el piano se hacía más fuerte, la tormenta se hacía más fuerte.

Y bum. Un relámpago encendió el cielo. Un destello instantáneo iluminó la penumbra y señaló el culmen del conjuro. El piano paró de golpe. Por un momento que pareció eternidad, volvió el silencio lleno de lluvia y viento. Después vino el rugido desgarrador que rajó el cielo de horizonte a horizonte e hizo la tierra temblar. El piano también tembló: cada cuerda individualmente, todas de golpe. Lo que emitió fue algo así como un chillido, o un lamento de dolor. Un profundo y extraño lamento que se expresaba en todas las voces posibles.

Finalmente se hizo el silencio: a medida que el piano se callaba, el viento se calmaba y la lluvia cesaba. Tan pronto como empezó todo, terminó; y volvía la normalidad.

Era una extraña normalidad: los árboles habían sido brutalizados y la tierra se había ahogado. Poco a poco volvían los pájaros, tímidos y precavidos sin saber muy bien qué había pasado.

—Ha terminado —me dijo el viejo desde detrás.

Un rayo de sol se colaba a través de las últimas nubes que llegaban del sur. Eran los coletazos de este hechizo. El aire ahora se cargaba de humedad, de los olores de la hierba seca y la roca caliente, y de paz. Era ese tipo de paz que reinaba especialmente tras tormentas como ésta, cuando puedes respirar profundamente y llenarte de alivio.

La última tarde de agosto tras la tormenta | Ian Blázquez

 

Cuando me di la vuelta, ya no estaba. Fui al piano y vi que seguía plácidamente lleno de polvo, callado y silencioso. Quién me hubiera dicho que tenía el poder para invocar tanta fantasía. 

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