Los otros peces

«No sé quién lo diría la primera vez, que hay más peces en el mar. Quién fue el iluso que lo pensó, o quién se lo dijo antes. Pero ¿y si no los hay?, me pregunto yo; ¿y si un día simplemente pescas el último y ya está? ¿Quién podrá decir entonces que “hay más peces en el mar”? No es una imposibilidad pensar, por muy descabellado que suene, que un día sencillamente llegue el último pez y se acabó la cosecha».

Nos mirábamos mientras nos fumábamos unas burbujas. —Acaso me vas a decir  que hay otros peces ahí fuera, ¿eh? —dije con resentimiento. —Pues sí —me contestó indiferente y secamente; la última burbuja se consumía y desvanecía haciendo un sutil pop. Nos quedamos mirándonos. Una lágrima se me remontaba sin querer, en mi pecho algo terminaba de romperse y no podía hacer nada para pararlo. —Es que no quiero otros peces, a ver…—, y rápidamente tuve que bajar la cabeza para que no viera esa lágrima rebelde, y sincera. Sentía cómo me miraba con fijación, con los ojos acuosos y brillantes con la luz que lograba atravesar toda esta columna de agua que, algunas veces, nos ahogaba. Esperamos un momento, el silencio se nos abrazaba cálidamente y la corriente de la vida nos zozobraba suavemente. Al fin reuní todo el coraje que debía y mascullé las últimas palabras antes de romper a llorar: —Es que no quiero otros peces… ¡te quiero a ti!—, y en el intento se me escapó otra burbuja. Ascendía a contraluz a través de la neblina y cuando tocaba el cielo, se hacía parte de él. Puf.

Tocó la lágrima que recorría mi mejilla ardiente con la punta de su aleta. Su caricia era de cuidado, algo así que decía «yo también te quiero», pero en silencio. Miró hacia arriba, al punto exacto donde desapareció la burbuja: —Fíjate, ahí se ha ido otro sueño —. Nos quedamos perplejos con los reflejos de luz que nos venían desde arriba, como señales. —¿Sabes qué? —de repente preguntó. —¿Qué? —le dije. —Nunca he visto las estrellas. —Yo tampoco —. Me miró fijamente y se le escapó una sonrisa: —Pues quiero verlas contigo—, y sin decir más, me besó. Un ramo de pequeñas burbujas se nos escapaban en el acto y nos daban cubierto, como si por momento nada más existía fuera de ese instante.

«Bueno, puede que haya otros peces, pero contigo me basto».

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