Golpe a golpe, pulso a pulso

Un buenosdías tras otro, golpe a golpe y pulso a pulso, así se va haciendo tiempo a lo largo del camino. Cómo se pasan las horas, cómo se va allegando el mañana lento, crepitando por los rincones, como fuego en el alma, sombras en las nubes, huellas en las tardes. Sopla un viento, se calma; sopla otro, arrecia, levanta las polvaredas del mundo creando espíritus que se pegan a los cristales; lo cubre todo. Y también se pasa. Golpe a golpe, pulso a pulso.

El tiempo es lo que tiene, golpe a golpe, pulso a pulso: se va haciendo pasado a medida que se consume el sueño del futuro, y mientras tanto el presente se hace un juego de sombras, un aquí-te-pillo-aquí-te-mato, un juego de escondite, un desfile de máscaras. Hablar del tiempo es como hablar de algo que no existe, es perder el tiempo innecesariamente cuando lo único que podemos hacer es… vivir: vivir hasta el último aliento, hasta que nos duela el estómago; vivir hasta la máxima expresión de quiénes somos, e incluso, de quiénes queremos ser. Vivir hasta que no quede nada por vivir, ¿es eso posible? 

El tiempo es vivir, golpe a golpe, pulso a pulso; aunque sea un buenosdías tras otro, una tarde tras otra, una noche estrella tras otra con nubes, siempre mirando hacia el alba, siempre mirando hacia arriba; nunca atrás, nunca abajo. Golpe a golpe, pulso a pulso.

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