El claro del amor

Bajo el claro de luna, ¿cómo no?, pasaste. Lo cierto es que antes y después de ti pasaron otras muchas almas en busca de sus verdades, pero tú marcaste el banco de nuestro amor, a la orilla de algún río desde donde veíamos los sueños pasar. Nunca más volví a ese lugar, donde las flores no dejan de florecer y los árboles no dejan de estar verdes, pero a la vez están siempre en otoño, desnudándose ante los sentimientos que cambian. El agua nunca para quieta, siempre se mueve, siempre formando ribetes en el cristal; no hay viento y los grillos cantan; también es verano. A lo lejos las montañas están siempre nevadas y en el cielo, aunque azul y estrellado, cabalgan las nubes en los que siempre hemos visto formas. No hay nadie, sólo estamos tú y yo: estamos sentados, de paseo, contemplándonos la mirada que nunca muta, que siempre es profunda; pasan atardeceres y amaneceres en sucesión, siempre momentos perfectos en este mundo que nos hemos construido en honor al amor que nos tenemos y que queremos tener. Parece que nunca termina, que el corazón nunca dejará de suspirar por ti.

En la penúltima escena, nos perdemos hacia el horizonte, juntos, bajo la penumbra de un día que ha sido perfecto en todas sus formas, hacia una noche de sueño y ensueño. Pronto siento que volverá la mañana, que el claro de luna dejará paso a los rayos del amanecer, que hará el agua brillar como diamantes, y todos nuestros sentimientos se renovarán, más fuertes cuanto menos. Será otro día donde el alba será tan bonito como cualquier claro de luna. Y volveremos.

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