Sólo tardes

 

 

 

 

                                  Tardes de soledad | Francisco Manuel Cortés Fernández                                             (buscando una foto para la entrada, me he topado, como por arte del destino, con este escrito que parece encajar tan bien con las tardes de soledad de abril que vivo en este rincón de España. Gracias). 

Atardece, como atardecen otras tardes, y vuelvo por el túnel bajo la carretera de El Escorial, lleno de desecho, de grafitos anecdóticos, de arena lavada por la lluvia. Al otro lado, donde se ven los últimos rayos del sol, se ve un olivar recogido, probablemente olvidado. El camino es sinuoso y se dibuja como una serpiente que repta entre las fincas colindantes, hacia el pueblo que se ve encajado entre dos colinas. Sorteo encinas bajas, granitos que parecen emerger desde el fondo de la tierra, zarzas que reclaman su reino, hierba y más hierba. Poco a poco los caminos del más allá confluyen como ríos en el lado oeste del pueblo, y lo que es arena y barro, también poco a poco, se convierte en canto y cemento. Las encinas dejan paso a las casas de roca y el campo da paso a la civilización. Algo de mí se queda atrás con las huellas que he dejado hoy y algo de mí parece volver en sí, algo de lo que siempre quiero escapar: el animal falto de libertad y atado por cadenas de responsabilidad. 

Pero entre roca y roca, veo la soledad encarnarse en varios personajes: dos niñas apartadas de sus casas, en medio del campo, jugando a solas; un hombre que anda silenciosamente entre las encinas; un viejo sentado sobre una roca viendo cómo se hunde el sol bajo el horizonte. Gentes solitarias que, a su manera, viven. 

Y me han hecho pensar en la soledad, en esa amiga inseparable de la que todos somos presa. Es voraz y taimada al mismo tiempo. Te enloquece o te alivia; te grita o te escucha. La soledad, no la de no tener gente, sino la que tenemos todos dentro inevitablemente: el precio que pagamos por ser únicos. Todos tenemos esa soledad que tiene sed de algo: de salir a pasear por el campo sin relojes ni objetivos; de escaparse hacia el fin del mundo sin mirar atrás; de ahogar las penas en vasos de adicción; de encontrar infinitos amantes porque no hay amor que valga. Es una soledad que tiene un nombre propio y una historia personal. Y no podemos hacer mucho para cambiarla. 

Muchos convivimos con ella perfectamente, años de práctica y entrenamiento, supongo; otros no la soportan y se ven empujados hasta los límites de su ser. Unos la sabemos bien y la toleramos; otros la niegan constantemente. Pero en el fondo, realmente en el fondo, nos guste o no, queramos creerlo o no, tenemos una soledad que es nuestra y de nadie más: es el espejo con el que el alma se entretiene, se busca, se habla, se quiere, llora, ríe, vive, ama. 

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