Mi vida de escribir

Mi madre siempre me dice que ya de pequeño escribía. Claro que, eran frases tontas y cuentos de parvulario, pero siempre remarca que era uno de mis pasatiempos.

Pero no empecé a escribir “de verdad” hasta que la familia se rompió, desgarrada por los enfrentamientos y rencores del pasado. Como no tenía con quien hablar —en mi adolescencia estaba muy solo—, me refugié en las palabras. Con los meses acumulé hojas, primero escritas a lápiz, luego a bolígrafo, al estilo diario. En aquellas hojas encontré un confidente, encontré una respuesta y encontré cierto alivio.

Con el tiempo, la terapia dio paso a la rutina, y finalmente, la rutina engendró el descubrimiento de un talento escondido, un don. Era un poder que tenía: podía escribir. Pronto aprendí que las palabras me colmaban, fluían de mis dedos a la hoja como si fueran arte y me hacían feliz. Al mismo tiempo comencé a devorar libros, alimentándome de su estilo y de las metáforas. Me aseguraba de aprender nuevas palabras cada día, palabras que tal vez nunca usaría, pero al menos conocería. Me volví bastante pedante, y me entró miedo. Pero aprendí palabras.

Pasaron años hasta que la rutina de escribir se hizo la necesidad de escribir, como descansar, comer o respirar. Escribir se había convertido en una necesidad que el cuerpo —y el alma— me pedían todos los días. No había música, comida o actividad que pudiera colmarme la necesidad de escribir, así que desde entonces mi vida se vertebra alrededor de esa necesidad. Y cuando no escribo, lo noto como una enfermedad febril: se vuelve un dolor en la mente, un grito reprimido que resquebraja mis interiores de maneras que no os podría explicar. Escribiré sólo una palabra, o una frase; llegaré a escribir hojas y hojas, pero siempre habrá un momento cuando escribo.

Sin embargo, estos largos días brego contra el silencio, contra el blanco y el vacío. Me siento débil y cansado, casi enfermizo, consumido y enjuto. Lo único que tengo es un abismo al que no puedo dejar de mirar, hacia algo que no tiene fondo, siempre hacia abajo… Y de repente escribir no me alivia ese agujero, esa nada. Ahora digo para no decir, y me frustra. Paradójicamente, no me siento vacío o hueco: me siento caótico, a punto de estallar; fuera de mi piel, a rebasar. Estoy colmado por algo que no se puede escribir… Y eso me preocupa. 

Ya me dicen: “tiempo al tiempo, y todo volverá a su lugar”. Quizá sea tiempo lo que necesite; a lo mejor es paciencia o un ataque de inspiración. Quizá tenga que dejar de escribir para alejarme y tenga que empezar a escribir para acercarme… No lo sé. A lo mejor tenga que volver a la terapia y dejar la necesidad… 

Lo único que sé seguro… es que mi vida es de escribir.

 

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