Cuando vuelvas…

… Me imagino que me invitarás a tu casa. Ya lo has hecho, pero no hemos formalizado nada. Bajarás a buscarme a la estación. Como es de costumbre, llegaré un poco antes y me mezclaré con otra multitud que también espera, busca, mira, piensa. Desde la esquina de alguna calle aparecerás y me salvarás de esa marea, y con un baile de primeras miradas, tal vez una sonrisa robada, me llevarás hasta el fin de la ciudad.

Me imagino que pasearemos, que nuestros pies bailarán al ritmo de un compás que ninguno de los dos aún quiere admitir. Nos pararán los cafés, las charlas, las risas y confesiones. Quizá nos pare el pasado o el futuro.

Me imagino que el azar nos llevará hasta tu casa y abrirás la puerta sin esfuerzo, porque en el fondo los dos sabíamos que íbamos a terminar ahí. La tarde habrá avanzado, pero el tiempo parecerá ralentizarse a medida que la luna se asoma por encima de los edificios.

Me imagino que las primeras impresiones de lo que por ahora llamas casa —en el fondo sé que sigues buscando una casa que llamar hogar— serán de poca importancia, pero todas nuestras palabras habrán sido robadas por la misma. Me invitarás al sofá y me preguntarás que si quiero algo que tomar, a pesar de haber bebido algún que otro café de camino aquí. No pasará nada: te diré que sí, “si no te importa”, y mientras me dejas solo, empezaré a asimilar dónde estoy y qué hago. Volverás y me sacarás de mi fantasía, porque siempre has sido capaz de hacer eso.

Me imagino que el sofá se quedará corto y “la curiosidad del gato” nos llevará a tu habitación. Veré una ventana que dará a otras cien ventanas, como me has descrito tantas otras veces. Veré tantos libros que la cama deshecha será irrelevante. Veré los papeles garabateados con interminables frases, te quieros rotos, corazones olvidados. Veré todas las historias que te hicieron y te crecieron, y sobre un corcho nostálgico, veré también los recuerdos del pasado y los dibujos que nunca dejaron de ser bocetos.

Cerrarás la puerta y te sentarás al borde de la cama, o de la silla, pero siempre a punto de precipitar en tus memorias. Yo me imagino al lado de la ventana, viendo la vida de otras personas pasar delante de mis ojos, imperceptibles a mi existencia. Escucharé tu voz en el fondo de mis pensamiento, englobando la habitación, haciendo real lo subjetivo del alma, contándome la historia de tu vida. Me llamarás y te miraré; nos miraremos y sentiremos cosas.

Me imagino que estaremos así durante un largo rato, tal vez horas. Acabarás por tumbarte en la cama, yo me habré sentado bajo el dintel de la ventana, escuchando los sonidos de una ciudad que nunca descansa. La noche habrá caído y entonces la ciudad rugirá con otra vida. Me levantaré del suelo para contemplarlo mejor, espiar cientos de ventanas alumbradas con escenas de cocina, habitación, salón. Y me imagino que, mientras estoy ensimismado con esa gran escena urbana, tú te habrás levantado de la cama sólo para acercarte silenciosamente a mí por detrás, y en un solo instante y con un solo gesto, me habrás plantado el primer beso de nuestra relación. Durante los primeros segundo, me resistiré, pero a medida que el calor de tus labios me conquista, me dejaré llevar y te devolveré el beso.

Pero esto es sólo una imaginación… Cuando vuelvas, ¿quién sabe lo que puede ocurrir?

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