Dos días…

Debo librarme de todas estas palabras, porque el silencio nunca le hizo un bien al mundo. Y aunque hay una parte de mí que no quiere hablar de la muerte, otra lo necesita.

Qué conflictiva es, ¿no? La muerte es confusa y rara. La ves venir, la tienes interiorizada, la temes o la alabas, pero parece que nunca llega. Parece que, por un momento, todos somos eternos, inmortales, invencibles.

Pero llega y nos da de frente, un golpe seco que nos para quietos, nos inmoviliza, nos congela. Por un largo instante, el tiempo se para y la realidad se parte en dos. De repente, entras en otro mundo que es sólo pasado, te divorcias del presente y sólo te queda recordar.

La muerte es conflictiva no por aquellos que fallecen, sino por todo el peso de los vivos. La muerte pesa no por los que se van, sino por todo lo que se queda sin ellos.

Hay un vacío irreemplazable, un abismo que sólo está lleno de silencio, miedo, dudas, ira, impotencia. Es un agujero lleno de preguntas que jamás tendrán ni consuelo ni respuestas, porque la única persona que podía consolarlas y responderlas se ha ido.

Las noches no me traen descanso y el cuerpo me cruje con cansancio. Es una fatiga que no es de músculos y huesos, es algo que pertenece a la memoria y al alma. Es algo que no puedo curar con sueño o con pastillas; sólo las palabras, escribir y hablar, me podrán aliviar esta debilidad.

Así que aquí estoy, intentando darle sentido a toda la incertidumbre que me colma, intentando darle significados a todo lo dicho y todo lo que se quedó sin decir. Lo cierto es que siento que estoy intentando unir un puzle imposible, juntando piezas en lugares donde no van… buscando culpables donde sólo hay culpa, quizá.

En estas noches revueltas, sólo recuerdo el vaivén de abrazos, de silencios, de caras desconocidas, de familias rotas y pasados presentes. Reproduzco las escenas de errores aclarados, problemas callados, frustraciones, felicidades añejas y una extraña nostalgia por todo aquello que se había perdido.

No sabía dónde ponerme, eso es la verdad. Aun hoy, sigo buscándome un sitio en todo esto. Pasó tan de repente que parece ficticio, una mala jugada de la vida, una ironía maltrecha.

Pero sus cenizas ya descansan en una casa rural, de la familia, de una infancia que nunca fue mía pero de mi madre, en otra provincia, lejos, bajo las montañas. En paz. O eso quiero creer.

Dos días fue el tiempo en los que se sucedieron las escenas en tanatorio, de familia, de silencio, de duelo; de crematorio. Había salas llenas y vacías al mismo tiempo, que aunque había gente allí acompañándome, seguía estando solo ante él. Porque todo lo que nunca pasó en vida, todo lo que se entendió y nunca se habló, todo lo que se sintió… todo eso quedaría para siempre así, una serie de palabras que nunca se dirían. Y aunque habrá legiones de personas que me digan lo contrario, que seguramente esto y tal vez lo otro, yo sé lo que sé: que estoy solo en esto, que nunca estaré acompañado, que esta batalla la he perdido y nadie podrá consolarme toda la culpa, todas las preguntas, toda la impotencia y la ira que me causa… El furor y el dolor juntos rompiéndome el corazón cada segundo que pasa.

Eso es algo que nunca podré consolarme. Que nunca pude decir todo lo que quiero decir, que nunca corregí todo lo que he hecho mal; que nunca te dije “lo siento” cuando de verdad lo siento. Y que te fueras pensando lo que pensabas, me rompe el corazón; siento los crujidos.

Toda mi angustia es silencio. Toda mi culpa es silencio. Todo mi dolor es silencio. Todo por decir… es silencio. ¡Hay tanto silencio…! No me deja dormir todo este silencio con el que tengo que vivir, porque en la noche me pasan todas las palabras que me quedaron por decirte.

“Ya no importa, ya nada importa”, me dijeron. Pero para mí sigue importando… Ya sé que después de la muerte, a los vivos no nos queda nada por hacer, pero… “Pero ¿qué?”, me pregunto.

Lo cierto es que podría gritar mi ira, mi frustración; podría buscar mis culpables y embarcarme en una viaje de venganza por todos los males hechos, por todo aquello que pasó… Pero nunca volverá a la vida, nunca le podré decir a la cara que lo siento, que esto y lo otro; nunca le escucharé responderme y decirme todo lo que quiero escuchar. Nunca pasará, porque ya pasó.

Ahora me toca vivir con los vivos, con el peso que eso conlleva… Compartiremos nuestras memorias, el dolor, las palabras; todo lo que nos hubiera gustado vivir con él… todo lo que imaginábamos iba a ocurrir, pero que no se hizo realidad. Ahora toca compartir buenos recuerdos, risas, lágrimas y todo lo que nos enseñó cuando fuimos pequeños.

Eso es lo que toca, ya no por nosotros, los que sobreviviremos sin él, sino por él, por mantener su memoria viva, por su honor, por el amor que cada uno de nosotros le profesamos a nuestra manera íntima y personal. Ahora nos toca seguir haciendo las cosas que él quiso que hiciéramos, que fuésemos felices; que dejemos de discutir

Esta familia aún tiene muchas cosas que averiguar, muchas cosas que resolver y muchas más cosas que perdonar. Él sabía esto, y mi pena es que nunca vivirá para verlo… o sí, desde donde esté.

No soy creyente como los demás, no creo en los dioses en los que creen los demás. No sigo rituales o símbolos que otros siguen… Yo tengo mi propia creencia, mis propios dioses, mis propios rituales y símbolos. Y esa parte de mí que cree en eso, también cree que me escucha, que de alguna forma me perdona y ahora en la muerte, entiende toda la vida; que todo lo que pasó, ha pasado, y ahora toca vivir como nos enseñó a vivir, con poesía.

A pesar de ello, sigo buscando: buscando respuestas, consuelo, algo de paz en toda esta confusión y este oculto dolor. Sigo sintiendo la culpa, el silencio, la tristeza, la frustración, la impotencia, la ira… Todo eso que forma parte de mi duelo personal. Sigo viendo las salas vacías, la familia rota; sigo recordando todo lo que pasó y cómo pasó. Sigo intentando ponerlo todo en un lugar, encajando las piezas para darle sentido… Pero estas palabras ya no me atormentan, ya no me pesan, ya no me gritan desde el fondo del corazón.

Aún tengo muchas palabras, ¡tantas palabras!, pero éstas palabras son libres… Y en la medida que ellas son libres, yo soy libre. Algo de paz hay en aliviar lo que no se puede decir en alto, pero que sí se puede escribir en largo y tendido.

 

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