Mortalidad

Hubo un tiempo en el que escribir me traía solaz, una tranquilidad que transcendía mi mente y me llegaba al alma. Luego me hice viejo, no sólo de cuerpo, sino de palabra: tenía más libros a la espalda, más cosas pensadas, más mundo imaginado. Se podría decir que dejé de ser un “inocente literario” y me convertí en algo (¿escritor?) maduro, con cierta experiencia. Y escribir se hizo más que una aventura, un descubrimiento… se hizo algo serio. No sé cómo llamarlo, pero se hizo difícil. A ver, nunca fue fácil, pero era más fácil; tenía menos inhibiciones, menos cuidados. No había tantas cosas que cuidar (y es que los adultos vivimos en un mundo de muchos cuidados). No obstante, escribir siempre ha sido lo más natural, como respirar o andar. Tiene algo de talento, de don casi, pero gran parte de escribir es trabajo. Y en mi caso, a medida que hago este viaje de descubrimiento (nunca dejó de serlo), cuanto más viejo, más trabajo. En mis ratos libres, me pregunto por qué; y dónde quedó esa inocencia, la naturalidad.

En días como estos, que sólo acumulo borradores sin terminar, escribir se me hace un rompecabezas: palabras y líneas que encajar por todas partes. Es en días como éste cuando escribir no me trae la libertad que tanto encontraba, sino que me trae espacios, preguntas, dudas. Ya no es que deje de ser natural, pero me ha hecho un prisionero inevitable de esta naturaleza (algo que, en realidad, nunca dejé de ser).

Prisión de palabras y de silencios, esclavo de lo necesario, de lo soñado. Mortal después de todo. Mortal. Eso es.

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