La opresión

Me levanto, me libero,
respiro, continúo;
sueño. 

Un peso pesado me cae encima, 
me hunde, me puede, 
me acalla; 
no me deja respirar. 

“Déjame salir”, grito; 
me escucha, me entiende; 
me aparta, 
me ignora.

“¿Adónde vas?”, pregunta, 
y me mira, me espera; 
sonríe y me tortura. 

No puedo más. 
Me rompo, lloro; 
dejo de andar,
estoy solo; 
¿dónde estás? 

Sigo camino
y me pasan en silencio, 
almas calladas y reprimidas; 
no las entiendo.

“Ayudadme”, les pido, 
pero me olvidan, 
abandonado y dolorido. 

Me quedo, espero; 
les miro
y me pregunto: 
¿éste es el mundo
en el que vivimos?

Y de repente,
de entre todos, 
uno
se arrodilla y me dice
bajito y callado al oído: 
“tú sigue el hilo; 
es nuestro destino. 

Y ni preguntes, ni pidas; 
ni quieras, ni digas; 
no es nuestro lugar, 
no es nuestro sitio”. 

En silencio, 
me levanto, suspiro; 
respiro, continúo
oprimido. 
 

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