Confesiones desde París

Era una medianoche de té y jazz, pero no había uno ni otro, pero la mezcla de sentimientos y pensamientos melancólicos pedían a gritos esas dos cosas. Era una noche con su propio pulso.

De repente me escribiste desde París, porque me confesaste que cogerías un tren por la mañana en la Gare de Lyon hacia Italia, escapándote de tu vida y de tu pasado que no parecía poder dejarte en paz.

Mientras tanto fumabas, según tus palabras, al tiempo que en la cama yacía dormido el hombre con el que habías hecho el amor aquella última noche en la Ciudad de la Luz. No podías dejar de mirarlo, tranquilo y salvaje al mismo tiempo, mezclado con las sabanas. Me confesabas sobre la soledad que sentías y cómo él era todo lo que querías en la vida, pero que nunca has podido conservar; él era, para ti, todo lo que estaba mal en tu vida, pero que no podías resistirte a perseguirlo. Que era tu destino sufrirlo. Y por eso te volvías a escapar, a encontrar otro sufrimiento que te llenase la misma soledad de siempre. 

Me dijiste que la terraza estaba abierta y  se colaba el perfume del verano parisino, junto al olor de los cafés nocturnos, el aroma del Sena y las rues de piedra, y se quedaba pegado en tus recuerdos, tu piel y tu ropa.

Salías al balcón; la luna menguaba y brillaba a través de las nubes viajeras sobre tu piel desnuda. Una brisa que llegaba desde el Atlántico te consolaba la pena que no te había consolado el amor. Pero cuanto más tardaba el amanecer, me confesabas, más sentías la tristeza y la extraña melancolía de algo que no podías tener. 

“París es tan grande, pero el mundo es tan pequeño” | Heather Applegate

Esta historia termina aquí. Me imagino que se puso a llorar, se limpió las lágrimas de la cara, recogía todas sus posesiones en una maleta raída por el viaje y se dormía. A la mañana siguiente dejaría la habitación, mientras seguía dormido el hombre que por un momento llenó un momento y se fue antes de que despertara. En la estación, al aviso de alguna señal, la voz de megafonía quizá, montaría un tren que cruzaría los Alpes y se dirigía hacia tierras italianas. Sólo podemos imaginarnos que el motor de su vida sería el azar de sus pasos; para mí, acabó en algún pueblo del norte, o tal vez, en algún pueblo de la costa italiana, lejos de esta España y de ese París que tanto rechazo guardaron.

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