El amor imposible.

“Y últimamente sueño con él. Ayer soñé que nos encontrábamos y éramos una especie de pareja de enamorados que no podían estar juntos porque cada uno tenía su pareja, a la cual quería, pero quizá no tanto…”

Un amor imposible.

"Love In The Rain" | Bob Barker
“Love In The Rain” | Bob Barker

Se habían reencontrado por la lluvia, después de meses —parecían años— de silencio y abandono. El abandono es peor que el olvido; el abandono tiene algo de conciencia.

Fue un accidente, aunque ella no dejaba de pensar en el destino, en la serie de causalidades que la habían llevado ese día a ese lugar. No podía ser casualidad, ella pensaba. Y tal vez no lo era; ¿quién podría saberlo?

Se reencontraron por la lluvia, intentando escaparla. Fue así que acabaron bajo el mismo soportal del barrio. Allí pasaron tantos veranos cuando eran jóvenes, riendo y comiendo dulces, viendo a las personas y la vida pasar.

No se dieron cuenta al principio, cuando entrar a compartir el mismo espacio bajo el mismo techo. Él llevaba el cuello de la chaqueta subida; había salido sin paraguas, y miraba el suelo para no pisar más charcos. Ella llevaba una chaqueta sobre un vestido, tacones y el paraguas. Pero no pudo abrirlo; la lluvia cayó de sorpresa, una cortina intensa de golpe. Y al igual que él, corría mirando el suelo para no pisar algún charco.

Cómo no, era otoño: no hacía ni frío ni calor. Era el tiempo perfecto para estas escenas tan… románticas.

Fue ella quien lo vio primero. Bajó la mirada rápidamente, comprometida. “Oh, no”, pensó. Mientras pensaba, él la vio a ella y se dio la vuelta instintivamente, nervioso. “Vaya”, pensó él.

Durante un momento pretendieron no conocerse, como si el accidente seguía siendo un accidente; que ella no estaba para él, ni él para ella. En lados opuestos del pequeño soportal, evitándose la mirada, la palabra, el pulso.

Pero ella se dio la vuelta justo al mismo tiempo que él, y sus miradas colisionaron sobre el fondo de lluvia. Por un momento, parecía que todo se detenía; no hubo ni sonrisa, ni gesto, ni aliento. El mundo se había detenido para dejar paso a ese pequeño, eterno instante de reencuentro.

Sus miradas quedaron fijadas, intensas. En realidad no pasaron más de dos segundos.

“Hola”, dijo ella.

“Hola”, dijo él, acercándose.

Un segundo de silencio; recuperaron el aliento.

“¿Cómo has estado?”, le preguntó él a ella.

Le miró, hacia arriba, porque era más alto que ella. Sus ojos brillaban y titilaban, como dos estrellas azules.

“Bien”, respondió bajando la cabeza.

El silencio no dejaba de colarse entre ellos, entre su amor imposible e indecible. Después de todo lo que habían vivido juntos, ahora parecía lo único que les quedaba; la herencia de toda una historia reducida a palabras calladas.

Él también bajó la cabeza, no para mirarla mejor, sino porque tenía que decirlo, tenía que confesarlo. La lluvia se hizo más intensa, como obligándole a hablar claro y alto.

“Lo siento”, finalmente dijo.

Ella levantó la cara para dejar ver las lágrimas que corrían por sus mejillas rojizas y suaves. Una fina sonrisa se dibujaba tímidamente, nerviosa, sincera; sonrisa de corazón.

Él comprendió, sonrió y, como hizo tantas veces antaño, le dejó un pequeño, detenido beso, ahora sobre el rastro de una de sus lágrimas. Ella cerró los ojos.

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