Diario de una familia

Ya no queda nada de la familia, de aquello que una vez nos unió a una comunidad, a una historia; era algo más grande que nosotros mismos. Cuando nos juntábamos todos, formábamos algo. Pero ese derecho de pertenencia, de consanguinidad, de complicidad…, todo eso había desaparecido una última tarde de verano; no importa ahora cuál fue, sólo que terminó. Para siempre. El sol caía, la noche se levantaba y las palabras andaban ardientes entre hermanas.

Comenzó la guerra, y la misma tierra que unía la sangre, se quebró para siempre; siempre. Calló un velo de hierro para siempre y que nunca podrá ser perdonado; nunca.

Ahora somos vagabundos de un apellido, de unos recuerdos a los que no pertenecemos; somos extraños de esta tierra que nos vio crecer y reír, ahora exiliados, abandonados, evitados. Ellos también se han convertido en extraños, para qué mentir, en esta memoria de todos, esta tierra de todos ahora dividida.

Mire por donde mire, no hay fotos de aquellas comidas los sábados, las barbacoas, la piscina; las memorias de verano; y las memorias de Navidad. No hay nada del jardín del abuelo, de sus melocotones en almíbar, su huerta, el nogal y los almendros floridos en primavera. No queda nada del humo de cigarro de la tía, de las risas, de aquello que nos hizo felices. Nada. Ahora todo son ruinas en la nostalgia, maldita nostalgia.

Todo se fue poco a poco; todo se dejó de lado poco a poco, a marchas de olvido forzadas. Todo se quedó callado, enterrado o fue cremado por el rencor… Tanto rencor de tantos años; tanto rencor.

Es eso, el rencor, el pecado de esta familia: tantos reproches, tantas ironías… Tantos resentimientos del pasado que siguen haciendo su presente en nuestras mesas. Pero no entendemos que eso es pasado, ya ha pasado, y nunca volverá.

Eso no se entiende, lo pasado del pasado.

Y la muerte: ésa que, cuando llegue, y llegará cuando menos lo esperemos —siempre es cuando menos lo esperamos—, nos pondrá a todos en nuestro lugar, haya rencor o no; haya pasado o no.

Terminaremos, presas de la enfermedad, del accidente; terminaremos. Seremos presas de toda una historia callada que vendrán a recordarnos; correrán los ríos de lágrimas, se dirán los perdones tardíos, y los corazones amargados y arrepentidos. Nada de ello tendrá justificación cuando llegue nuestra hora.

En esta familia, la muerte nos hará llegar tarde, como siempre. Pero creo que eso ya lo saben muy bien.

Nos rendiremos a sus pies, lameremos nuestros pecados como la miel que llenará nuestra negligencia de culpa, tanta culpa. Será una culpa que nos pudrirá por dentro, nos roerá, nos vaciará de alegrías, de memorias, de presente; nos vaciará hasta nuestra propia muerte. ¿Y después?… Después nos esperará el juicio de Dios, y responderemos por una vida de rencor. Y nuestro juicio será acorde a nuestro crimen, callado crimen.

Pero ahora vivimos esta familia de silencio, de bandas; del quién va con quién y quién no; quién cree a quién, quién dice la verdad; de la guerrilla emocional, de pasado, pasado, y más pasado.

Con esta familia nunca habrá un futuro, o siquiera un presente; nunca habrá un perdón, un “lo entendemos”, o incluso un “lo sentimos”. Nunca volverán las comidas de los sábados, las momentos del verano, la piscina, las risas o el jardín del abuelo.

Nunca volverá nada de eso, porque en esta familia se creen en malos y en buenos; ya no se cree en familia, en lo que una vez nos pudo unir.

Y por eso, todo eso se ha perdido. Todo eso ya ha muerto… Todo se ha marchitado en el jardín del abuelo: los almendros, el nogal, los albaricoques; la huerta, adiós ella.

Tanto es el silencio, tanto el rencor, y tanta la amargura. Tantas han sido las sinceras confesiones y tan arrepentidas ahora, y tantas las palabras que se quedaron sin decir; hay tanto de todo eso que mantiene esta familia separada. Tantas emociones que nos separan, tan pocas las que nos unen… Tanto silencio. Pero sobre todo, tantos han sido los errores que fueron y siguen siendo imperdonables.

Pienso: “Hay tanto que decir”… O no. Porque son tan pocas las ganas de escuchar, tan pocas las ganas de comprender, que ya no hay nada que decir.

En fin, todo eso que se calla en el diario de una familia atormentada por el pasado y alimentada por el rencor y el silencio.

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