Pobres sobre ricos

—Los ricos viven de otra manera —me dijo.

—¿Perdona? —Estaba confuso. ¿Qué querría decir exactamente con eso?

—Los ricos. Esos chavales que han nacido del dinero, rodeados de posibilidades. Los ves por la calle intentando ser rebeldes, romper con lo preestablecido, sublevarse contra el sistema. Las gilipolleces de siempre…

—Ajá… Pero ¿qué pasa con ellos?

—No sé. Simplemente que andan por el mundo como si fuera suyo. Utilizan símbolos subversivos, que muchas veces a penas conocen, como una medida de orgullo; una bandera que enarbolar. Casi parece que es únicamente suyo y de nadie más.

Se hundió un poco más en el banco, callado. Su silencio hervía con emociones. Miraba la línea de edificios al otro lado de la calle. Una mujer había salido a su balcón para despolvar una alfombra.

—Pero nunca se olvidan de criticar —añadió. No sé qué era lo que le había incitado tanta agitación. ¿Acaso era la señora? ¿El barrio rico? ¿La vida que había tenido que llevar, víctima, siempre víctima?—. Aun cuando son rebeldes —prosiguió—, si los demás no son como ellos, ya sabes, el resto, los pobres, los conformistas, te critican y te juzgan.

Me quedé pensando en lo que estaba diciendo. Hasta cierto punto, empezaba a entenderlo, esa visión del mundo de los ricos, o cómo ese “estatus del dinero” lo marcaba todo. ¿O no era así…?

—¡Claro! —Volví a la realidad de lo que estaba diciendo—, si algo les sale mal, yo qué sé, que su rebeldía no era lo que esperaban, siempre pueden volver a los brazos de papá y mamá. Así de simple. Sea como fuere, si la sublevación les sale bien, les ha salido bien, es decir, que viven bien; si no, ahí tienen un colchón de dinero.

—¿Y a dónde quieres llegar con todo esto, viejo?

Me miró con unos ojos grandes y amarillentos. No era una mirada con ira, sino con ganas genuinas de re-atrapar mi atención, o comprobar que yo seguía allí, escuchándole; algo.

—A dónde quiero llegar, dice… ¡Pues a que los pobres no tenemos esos lujos!, aunque queramos, aunque digan que sí, todos esos charlatanes…

—¿Dices tener dinero…?

—¡No, ingenuo! No tenemos la posibilidad, la oportunidad de rebelarnos contra el sistema y sus imposiciones. No podemos no seguir la vida a la que estamos forzados a vivir. No tenemos opciones. Los ricos sí, aun cuando desprecian la herencia de su apellido y su familia, y deciden vivir en la calle con los mendigos, cometiendo alguna locura caprichosa. Incluso en esos casos, siempre podrán volver. De nosotros, ¿qué hay después de la rebelión? Sólo sigue habiendo más pobreza, tanta como de la que salimos en primer lugar… Nosotros no nos podemos permitir esas locuras.

Suspiró, abatido. Lo hizo como si había sido vencido por el peso de la verdad. Sus palabras, para mí, estaban medidas con experiencia: con una larga vida de contemplación y refreno. También llevaban cargadas un resentimiento que no llegaba a comprender de dónde nacía exactamente… Uno estaría tentado a pensar que se resentía ser pobre. Pero la forma en la que enaltecía su condición —lo llamaba, casi irónicamente, su “estatus”— y atacaba ferozmente a los que podían, incluso aquello que yo llamaba “normal” —la ubicua media clase—, hacían pensar que no era eso, sino un misterio del pasado, sin nombre. Siempre que le preguntaba, lo descartaba con un “nada”. Fin de la conversación.

No dije nada ni añadí nada. La verdad es que no sabía qué decir. Me abstenía de opiniones. Mi padre, casi en la misma línea de pensamiento que este viejo cascarrabias, siempre decía: “las opiniones, hijo, son para quien pueda tenerlas. Y nosotros no podemos tener ni pan”. Así que, me conformaba, hasta cierto punto, de ser lo que era. Sin más. También creo, cuando me permito pensar un poco, que hablar de ser pobre es de mal gusto. Simplemente, de esas cosas no se hablan. Es casi un tabú.

Se levantó y se estiró. Sin decir palabra, giró hacia la derecha y empezó a andar. No recorrió más de ocho metros cuando se paró y sin darse la vuelta, dijo: “¿vienes o qué haces, chico?”. Me levanté de un brinco y corrí a su lado. Recorrimos el barrio lo que quedaba de tarde.

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