Simplemente escribe

¿De dónde vienen estas palabras? Parece que tienen vida propia; parece que tienen palabras propias, todas estas palabras. Significado tras significado, existe todo un mundo de posibilidades bajo su dominio, como si nosotros nos redujésemos a ellas, sin nada más. 

Se vuelve a hacer la pregunta, ¿y quiénes somos? Somo definiciones en blanco; páginas de una novela que están a la espera de ser escritas.

Simplemente escribe, me ordena la vida, el impulso, la necesidad. Casi me lo ordenan los dioses.

«Simplemente escribe». ¿El qué?, pregunto, al vacío; nadie contesta. Estoy solo en esta odisea, sin que nadie me dé apoyo o ayuda. ¿Qué hago aquí?, y sólo el silencio me devuelve las respuestas que tanto anhelo.

¿Dónde estáis? Sois mis silenciosos acompañantes, todos vosotros, los ojos blancos del otrolado, casi como ángeles que velan por el paraíso que se hace entre todas estas líneas. Ésta es la verdadera revelación.

Yo nunca creí en Dios, o al menos nunca creí en ese Dios terrible del que tanto hablan, de infinito amor e infinito poder; el amor y el poder, para mí, no pueden ir juntos. Yo más bien creía en ese dios normal, el que era víctima de su propia culpa, por decirlo de alguna; el que podía equivocarse, pero que sobre todo, el que era capaz de solucionarlo. Para mí, era el que tenía el suficiente poder como para que no fuese incompatible con el amor, y por supuesto, no era ni eterno ni inmortal. Vive de nosotros. Para mí, ése es Dios. Tal vez sea así porque me siento mucho más cómodo pensando que Dios también es normal, que hay algo de caótico en ello, y nada había en esa idea de Dios que pudiese invocar sentimientos de miedo o desconcierto, no tenía nada asociado que no pudiese yo entender, como lo era la infinitud o la eternidad. Había algo en Dios que me decía que podía ser verdaderamente mi amigo, como lo era mi compañero de clase. Algo normal y nada sobrenatural.

Yo nunca creí en Dios, de todas formas, pero si existiera, he llegado a comprender que Dios tiene su dominio en las palabras, en este juego infinito de significados y sentimientos que pueden mezclarse y combinarse, formando mil y mil mundos distintos, en las mentes de todos, por igual, a través de todas las épocas, en todos los rincones del mundo. Es en estas líneas donde Dios, para mí, tiene todo su poder, uno que es necesariamente bello y humilde a partes iguales, sin pretensiones de grandeza o celestialidad. Dios es el poder de la palabra. Y es eso lo que lo hace realmente cercano, realmente más un amigo que un amo, más un confidente que un juez, más un servidor que un jefe.

Pero no estoy aquí para hablar de Dios. Estoy aquí para hablar de escribir. Y es que escribir sólo se hace, con más corazón que cabeza, con más sentimiento que lógica; con más poesía que métrica. Eso es escribir: impulso de vivir. Siempre hacia adelante, mirando hacia atrás, sintiéndolo todo, controlando nada.

Simplemente escribe.

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