Leche merengada

Así es como olía su habitación, la de mi abuela. Casualmente, hoy que he tenido este pensamiento, volviendo a casa después de un día en la Ciudad, he podido oler el aroma de la leche merengada en mi portal. Cosas del destino, quizá.

Mi familia no lo sabe, o tal vez no tuvieron el tiempo para notar esas cosas, pero su habitación olía especialmente a leche merengada. Al parecer era su sabor favorito.

Tenía la manía de guardar aquellos caramelos de Wrigley’s Solano en la mesilla, al lado de su cama, para tomarse alguno por la noche en caso de que la diese la tos. Recuerdo que siempre era una tos muy seca, muy escandalosa. Todo el mundo se levantaba, ruidos en el pasillo, alguien corriendo a la cocina para coger ese vaso de agua para la abuela.

Lo cierto es que todos los años cambiaban las marcas de los caramelos. Antaño eran de Ricola, luego pasaron otras marcas y la última que recuerdo fue Solano. Todo muy ligado a la aleatoriedad de los años. Supongo que al final predominaron aquellos que eran más baratos o los que gustaban más. No lo sé.

Entraba en su habitación por las tardes, normalmente. La ventana tenía las barras que toda casa española tiene en su primera planta, para desalentar a los potenciales ladrones de hacer cualquier locura. Proyectando su sombra todas las tardes del año estaba el granado, el que nunca o casi nunca dio fruto. En la pared izquierda había unos estantes rudimentarios, libres y con aspecto de flotar sobre el aire, con libros ya leído o nunca leídos. En el lado derecho quedaba la cama de mi abuela, y sobre su cabecera, fijados en la pared, imágenes de La Virgen, rosarios y crucifijos.

La persiana pocas veces estaba subida hasta arriba, y la escasa luz que entraba por la mañana junto con la luz bloqueada por las persianas cerradas en la tarde, daban a la habitación un carácter lúgubre y abatido. El olor a vejez, ese olor indescriptible pero que todos conocemos, estaba impregnado en las mantas de lana hechas a mano por mi propia abuela, y no lo recuerdo, quizá, también por su madre. Eran las mantas de to’a la vida.

Es ahora que esa habitación adquiere connotaciones fuertes en mi memoria, ya sea por su luz, su olor, esa sensación que siempre he tenido de estar en un templo, en un lugar sagrado, de callada devoción y silenciosa pena. Había algo allí que pertenecía directamente a Dios, y no era precisamente las imágenes, los rosarios y los crucifijos. Mi abuela siempre ha sido creyente. Ella fue quien me enseñó el Padre NuestroAve María y otras plegarias cristianas. Pero no era su religiosidad ni su creencia lo que daban a esa habitación ese sentir de templo, sino que era ella. Algo de su alma, de su bondad y candor, de su humilde sencillez se había quedado también impregnado en las paredes de esa habitación. Había algo de ella que era ya parte inseparable, e inmutable, de esa habitación.

Entraba en su habitación por las tardes, normalmente, para robarle un caramelo. Pero también me iba a su habitación para echarme la siesta. De todas las habitación en aquella casa, su habitación era la más tranquila. Irónicamente, su habitación era la más cercana a la cocina y a la entrada, donde el flujo de personas era continuo. No obstante, el silencio era palpable, era reconfortante.

Y el olor a leche merengada se colaba entre las sábanas, hacia el pasillo con la puerta abierta, en el alma como memorias de infancia. Ya no vivo con mi abuela, desde hace un par de años ahora, pero siempre que huelo la leche merengada, me acuerdo de ella y siento como si estuviese aquí conmigo. Y todo esto porque el otro día encontré en una de las cajas de la mudanza una bolsa de caramelos Solano aún buenas. Había leche merengada.

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