Álex

Había nacido un 20 de agosto de 1991. Para cuando tuve la oportunidad de descubrirle, tenía 17 años a meses de cumplir la mayoría de edad. Su hermano, Daniel, había muerto recientemente de cáncer y nuestro encuentro sólo fue la oportunidad que vio para convertirme en su nuevo mejor amigo ante el dolor. Lo cierto es que nunca fue una persona de bajones ni caras tristes, y ocultaba todos aquellos horrores de su historia tras una sonrisa amplia y atractiva. A primera vista, gracioso y bromista, a nadie se le hubiese pasado por la cabeza que su hermano había muerto de cáncer.

Su hermana mayor, Eva, había dejado la casa parental hacía ya un año, en busca de oportunidades primero en la Capital, que luego la llevarían hasta París. Me había confesado una noche nostálgica que les había dejado porque no podía seguir viviendo en esa imagen donde su primer hermano pequeño estaba siendo consumido poco a poco por un cáncer agresivo y una quimioterapia aún más agresiva. Lo cierto es que Eva dejó la casa cuando Daniel mejoró considerablemente la primera vez tras 8 meses seguidos de quimioterapia. Ya había estado en Madrid durante más de cinco meses cuando sus padres la llamaron una noche para darle la noticia fatal: que Daniel había vuelto a recaer, que el cáncer había vuelto. Volvió sólo una vez más, para abrazar a su hermano antes de irse a París, pero sobre todo para despedirse de él cuando éste decidió no volver a tomar quimioterapia y dejar su vida en manos del destino, porque ya estaba cansado de ver a su familia sufrir. Según Álex, lo dijo con pura felicidad, como si de una revelación se tratara. Eso fue lo que derrumbó a esta familia tan feliz, tan idílica, que dejase de pelear.

Álex y yo nos conocimos en una quedada en el Retiro, ya por el año 2008. Sería mayo o junio, aunque ya no lo recuerdo; hacía buen tiempo, eso sí, y eso nos obligaba —para quien conozca el tiempo de Madrid— a llevar ropa cómoda y ligera. Mi amigo Carlos pensó que sería mejor si éramos más. Así que trajo a su amigo. Esa historia ya es historia, pero el caso es que acabé formando parte de la vida de Álex, y con ello, acabé conociendo esta trágica historia.

Su hermano había nacido en 1989, es decir, tenía dos años más que él. Murió a los 20, a poco de cumplir 21.

Cuando Álex y yo cruzamos caminos, ya había pasado algo así como un año desde aquella tragedia. Como me dijo un día, «eres un enviado», con una sonrisa que bordeaba el lloro.

Todas aquellas emociones las dejó encerradas en alguna parte muy profunda de él. No se dejó afectar por aquello. Pero eso no evitó que se le notara en mil gestos, como sombras escapándose de entre el brillo de sus ojos, por ejemplo; o esa sonrisa que parecía pesada, cuando una sonrisa debía ser ligera…

Lo agravante era que él era un apasionado de la vida, de esos que existen pocos y que son genuinos: apasionado de sus aficiones, los pequeños placeres, las aventuras, la tranquilidad, aprender, la vida. Parecía que estuviese en un péndulo, de un lado a otro, radicalmente cambiando, de altura a valle, sintiendo la adrenalina. Más que sintiendo, necesitando. Me di cuenta de eso después, desde lejos, cuando las cosas cambiaron, la vida se puso de por medio, él se fue.

Pero un día —¿O fue una noche?— me confesó que Daniel era su mejor amigo, su apoyo, su fuerza, su roca, su pilar, su luz, su deje. Que cuando murió, algo de él murió con ello. Me confesó que se pasó una semana llorando, que su madre y su padre estaban desesperados y ya no sabían que hacer. No lo supo entonces, sino más tarde, que su hermano pequeño, Gabriel, no entendía nada y lo estaba pasando mal por todos. ¿Os lo imagináis? Un niño pequeño, de poco más de 11 años, ante la muerte de su hermano, otro hermano destrozado, la hermana lejos… Era una familia tan feliz…

Pasó una semana, me dijo, y paró de llorar: como que supo, muy dentro de él, que Daniel no hubiese querido eso. Y tras una larga encerrona en su habitación, decidió salir a hacer vida; a ponerse una sonrisa y ser fuerte para su hermano pequeño, que le necesitaba, y para sus padres que habían visto a su hijo morir y a su hija marcharse. Él, Álex, ahora se había convertido en la fuerza de los González, la roca, el pilar. Me dijo que no fue inmediato, pero que poco a poco ganó su fuerza instalada como centro de su familia. Que había recuperado un objetivo. Desde entonces, la familia siempre ha sido todo para él.

No sé, siempre fue un chico optimista. Apasionado, pero optimista. No había mucho en el mundo que le pudiese cabrear, irritar, doler, entristecer. Siempre con una sonrisa, siempre con una broma. Fue él quien me dijo: «no hay que tomarse la vida muy en serio, que si no parece que estamos aquí de verdad».

Persiguió sus sueños: siempre quiso ser abogado, pero circunstancias de la vida, nunca entró en la universidad. La última vez que hablé con él me dijo que nunca lo descartará, que algún día, por fin, hará la carrera. De Salamanca fue a Madrid, de Madrid a Salamanca —ciudad de la familia—; con un curso en secretariado y un trabajo en un bar, por razones existenciales, decidió que tenía que marcharse, seguir sus sentimientos, descubrir algo, buscarse respuestas.

Nunca dejó de hablar con su hermana, con quien hasta la muerte de Daniel no había tenido mucho contacto, pero que después se volvieron muy cercanos. Dijo que quería irse con ella a París, buscarse algo allí, lejos de todo esto. Nunca entendí por qué se quería marchar, cuando tenía una familia que le quería, un trabajo, una pareja que le quería con locura.

Nada, se quería marchar.

Fue la penúltima vez que me llamó, para pedirme consejo, porque no estaba seguro de lo que quería hacer y que mis palabras serían definitivas. Le dije lo que siempre he dicho:

—Si es lo que de verdad quieres, hazlo. Si sientes de verdad que te llama otro lugar, vete y descúbrelo.

No sé qué fue, pero algo me hizo sentir que estaba llorando y sonriendo al mismo tiempo al otro lado del teléfono. Poco después de eso, se fue, en diciembre. Qué mal planeado irse a París en Navidad, con el frío que debe de hacer allí arriba.

La última vez que me llamó fue después de Año Nuevo. Me quiso felicitar un gran año y me contó que estaba bien. Que estaba lleno de esperanzas; que gracias.

Escribo esta historia porque ya forma parte de mí; porque me marcó. Porque él me dio permiso para contarla.

—Ian, un día en el futuro, cuando el pasado sea pasado, quiero que escribas mi historia, nuestra historia. Por favor. Que sepa que te importa.

Nunca entendí muy bien lo que quiso decir entonces. Pero ahora… Ahora ya sé que el pasado es pasado.

Lo cierto es que hay muchísimo más que contar, pero hoy, no sé, me apetecía escribir esto. Tal vez sea por el mensaje que me ha enviado hace más de una semana y que no sé cómo contestar.

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