Escribirse

Me veo obligado a estas líneas, a estas palabras que parecen encadenar mi vida a algo superior, y necesario. No sé cómo explicarlo: sólo puedo decir que conduce este impulso y me dirige.

—¿A dónde te dirige? —Se hace la pregunta.

Un nosé contesta en la lejanía. Se hace el eco y el silencio a partes iguales. Se engrandecen, retumban, empequeñecen, se esfuman, desaparecen, sin rastro ni huella, fantasmas otra vez.

Un sabio —o lo que en un instante se convirtió en un sabio— me dijo desde el silencio de la lejanía: «Intenta sacar un momento, todos los días, para escribir. Porque el día que no puedas sacar ni un instante, no podrás escribir nunca». Y eso me hizo tener miedo, mucho miedo.

Sentí como si me hubiera anunciado la muerte, súbita e imprevista; ¡pum!

Después de eso me di cuenta de lo frágil que es todo esto, pero a la vez lo sólido que puede llegar a ser. Todas estas palabras, tan propensas a dejarse pasar, forman algo, fuerte, maravilloso, increíble… cuando colisionan, se encuentran, caen, explotan, solidifican, precipitan, coagulan en esta realidad tan efímera, tan duradera…

… Son magia.

Quería decir algo, como siempre, pero al final siempre ha importado más que dijese a que lo dijese. En el fondo, para aquellos que me entiendan de verdad, nunca fue sobre lo que se contaba, sino sobre contar.

Y aquel sabio se introdujo en el tuétano de mis huesos, se hizo un eco en mi oído y grabó tal impresión con lo que dijo, que me veo ahora, una madrugada de mayo, sábado, aquí.

Aquí haciendo palabra en vez de soñar. ¡Y es que escribir es soñar!

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