Encuentros

II

La calle tenía sombra. Era aquella parte de la ciudad, la Antigua, como solía llamar Juan, donde aún había castaños en las aceras. En el centro los habían quitado, paulatinamente, con aquellas obras de «mejora y restauración» promovidas por el dichoso ayuntamiento. Ahora quedaba una ciudad desnuda, de fría, piedra caliente, según la estación.

David iba delante, claramente tomando la iniciativa de un camino que era puro azar. Juan iba distraído, como siempre, disfrutando tal vez de aquella calle, con sus castaños de indias decenarios, dando sombra a una calle de la ciudad que sobrevivía así.

—¿Qué? —David se había parado, mirando con una sonrisa a un Juan que estaba más en las nubes—. ¿Bonito, eh? —dijo con humor.

—¿Eh? —titubeó Juan, parándose en seco, mirando a un David que sólo sonreía— ¿Qué dices?

David rió.

—¡Nada, hombre, nada! —dijo, y añadió— Mira, allí —otra vez apuntando hacia un punto del dondesea.

Había una tapia cubierta por jazmines en flor. La vista de aquella calle, tranquila como era, acababa en una tapia tapizada con las flores del verano. Era una tapia alta, de aquéllas que se alzaron por toda la ciudad durante la Guerra Civil. Era una tapia de las que ya no se veían, de ladrillo rojo endurecido en hornos altos de piedra. El clásico ladrillo.

—¿Qué crees que hay al otro lado? —preguntó David, una vez que la alcanzaron, mirando hacia arriba, donde se descolgaban las ramas de los jazmines.

—¿Un jardín? —sugirió Juan, también mirando hacia arriba.

Los dos contemplaban aquello como un descubrimiento propio de una ciudad que, por su historia y alcance, era virtualmente inagotable.

—Descubrámoslo —dijo David finalmente, tirando de la camiseta de Juan, con aventura en su voz.

—¿Que qué? ¡Un momento! —exclamó Juan, un poco alarmado.

David se dio la vuelta, con una sonrisa de emoción en la cara. Si había algo que aquel chico quería hacer, era saber qué había detrás de aquella pared.

—¿Qué pasa? —le preguntó a Juan—. ¿No te vas a atrever a conocer el mundo detrás de esta pared?

Juan vaciló durante un momento. Estaba dudando entre hacer una locura, una de las primeras de su vida con un chico que acababa de conocer, arriesgar a que le pusiesen una multa que luego tendría que explicar a sus padres, o darse la vuelta y volver por la calle por donde habían venido, de vuelta a aquella cafetería, a su soledad.

—¡Venga, vamos! —dijo al fin, pero no sin sentir antes cosquillas en la planta de los pies y en la palma de las manos. Podía sentir cómo la adrenalina se acumulaba en su sangre, su corazón palpitaba cada vez más deprisa, sudaba; quería hacerlo.

Siguieron la tapia hasta que ésta hacia esquina con un solar. Era mucho más grande que el anterior, pero desierto de cualquier vida urbana, con pintarrajeadas envejecidas por la lluvia y el viento. Había un par de chopos, viejos, marchitándose con el sol, desvencijados por el tiempo y la soledad de aquel páramo metropolitano. Era otro monumento al abandono de la ciudad.

Con David por delante, los dos entraron en el solar. La verja se había caído hacía muchos años y nadie se había preocupado en colocarla de nuevo en su posición original, así que supusieron que no pasaría nada si pasaban. La tapia seguía hacia el fondo del solar, donde se encontraba con otra pared. Afortunadamente (¿quizá el destino?), en la junta de ambas paredes, los ladrillos estaban desgastados y debilitados, y ya fuese el viento o la lluvia, se habían derrumbado hacia el interior, hacia aquel mundo desconocido que David tanto quería conocer.

—¡Eh, mira! ¡Aquí! —exclamó emocionado David al descubrir tal abertura en la pared.

Juan, sin saber por qué, también estaba emocionado.

—¿Cabemos? —le preguntó a David que ya estaba subido con un pie en el otro mundo.

—¡Claro que cabemos! —replicó con emoción.

Juan sólo le miraba intentar colarse en aquel misterio, pero también empezaba a sentirse preocupado. El solar estaba muy descubierto, y aunque no hubiese edificios, casas o tráfico cerca, aun se sentía observado y desprotegido.

—¡Venga, ahora tú! —de repente gritó David desde el otro lado—. ¡Tienes que ver esto!

—¡Va, ya voy! —Juan estaba intentando seguir los pasos de David para cruzar.

—¿Te ayudo? —preguntó David, desde una lejanía. Al parecer se había adentrado en el jardín detrás de la pared—. Venga, sí —dijo, regresando.

—No, no te preocupes, que puedo —dijo Juan que, sin querer admitirlo, en verdad sí necesitaba ayuda; se había quedado atascado.

—Ya veo que puedes… —se burló David, riéndose mientras se subía al montón de ladrillos caídos—. A ver, dame la mano.

Juan le miró, primero con impaciencia, después con derrota. Cogió la mano de David, que tiró un poco de él. Su pantalón quedó libre, pero la fuerza del tiro hizo que se echase sobre David. Los dos cayeron sobre un montón de hojas resecas del otoño pasado, sin más consecuencias.

Aturdidos de la caída, los dos intentaron ponerse de pie. Juan se dio cuenta de que había caído sobre David, que aún estaba intentando recomponerse después de caer de espaldas. Sus caras quedaron a pocos centímetros. Antes de que David se diese cuenta de la situación, Juan se levantó:

—¿Estás bien? —preguntaba preocupado mientras ayudaba a David a levantarse. También le ayudó a quitarse las hojas que se habían quedado pegadas a su camiseta—. ¿Te has hecho daño?

—Estoy bien, tranquilo. —Sin ponerse del todo recto, agarrándose las rodillas, respiraba despacio para no marearse—. Ahora estoy bien —calmó a Juan con una sonrisa.

Recuperados del susto, por fin vieron lo que había detrás de la pared.

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