Papá

Allí estaba, delante de mi madre, intentando contener las lágrimas, intentando parar esa horrible sensación de querer romper a llorar. Me duele el estómago, como si me hubiesen dado un puñetazo. Lo cierto es que sentía vergüenza, llorar delante de mi madre sobre la muerte de mi padre.

—Tu padre ha muerto —dice, tan fácilmente que parece…—, y tienes que, de alguna forma, aceptar esa realidad. —Esa realidad, repite mi cabeza.

En mi mente también suena en un eco infinito «ha muerto», repitiéndose una y otra vez. «Ha muerto».

Algo en mí quiere protestar, quiere rebelarse contra esa realidad. Le digo una y otra vez, «ya sé que ha muerto», pero cada vez que lo digo, más vacío suena.

De repente me paro a pensar, a reflexionar… que quizá no lo haya superado, como tantas veces me he dicho. Eso me entumece las manos y me veo comprometido conmigo mismo. No sé qué hacer. Han pasado ya más de seis años y no sé qué hacer.

Se hace el silencio. Es un silencio de esos que parecen espesar el aire que se respira, como si cayese sobre uno un gran peso inaguantable. Siento que me oprime el pecho, el corazón, el alma. Casi se me escapa una lágrima. La contengo por enésima vez. Aumenta mi dolor.

Me siento también como un animal acorralado, en una esquina. Las ganas de salir corriendo me invaden, y pienso que disimuladamente podría dejar la casa, pero ya en la calle, largarme tan rápido como puedan mis piernas, a llorar a alguna parte donde no haya casas, paredes, personas, fotografías, civilización; en medio del campo, donde sólo los dioses sean mis silenciosos, imparciales testigos.

Pero no. Me encierro en mi habitación, a escribir estas palabras. No puedo ocultar una tristeza que crece exponencialmente, ni tampoco puedo reprimir más las ganas de llorar, pero sigo temiendo que mi madre me escuche desde el salón. Así que no lloro.

Algo dentro de mí, una fantasía de mi propio cultivo, me dice que mi padre no lo hubiese querido.

Me giro hacia la ventana entreabierta, con la cortina un poco abierta: puedo ver las pelusas de polen surcar los cielos grácilmente con la leve brisa que llega de la sierra, y en el fondo está el campo de colores ibéricos, de encinas y hierbas secas, un campo allí donde me proyecto y por fin lloro la muerte de mi padre, en el silencio de mi imaginación y de mi habitación.

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