Encuentros

[Ya era hora de que experimentase con este género tan bonito de amor, sin miedo.]

I

—¿Qué haces aquí? —le preguntó un chico que se había acercado a la mesa—. Ya sé que parece raro, pero llevo aquí una hora y no he podido evitar fijarme en que estás solo.

—Y lo estoy —dijo con gravedad.

—¿Alguna razón en particular?

—Era el sitio más tranquilo que conozco en toda la ciudad.

—¿Puedo sentarme contigo? —preguntó el chico, pidiendo permiso con la mano para sentarse en la silla de enfrente.

—¿No te espera nadie?

—No.

—¿Entonces tú también estás solo? —No encontraba mejor explicación a por qué un completo desconocido hubiese decidido sentarse con él.

—Sí. —Sonrió.

—Siéntate, entonces.

—Gracias.

Se miraron durante un momento, tal vez averiguando las palabras, tal vez aclarando los sentimientos encontrados.

—Entonces somos dos solos —le dijo a su desconocido.

—Bueno, ahora estamos juntos. —Se rieron los dos.

Después de un rato, aquel desconocido le dijo:

—¿Ésa es la única razón por la que estás aquí, porque es el sitio más tranquilo?

—Es el sitio más tranquilo que conozco para escribir —respondió con una sonrisa.

—¿Escribes? ¿Qué escribes? —preguntó el desconocido.

—Un poco de todo. Ahora sólo estaba garabateando pensamientos —Se quedó pensativo.

Su recién descubierto acompañante decidió tomarse un sorbo de lo que parecía un café. Frío ya.

—Hemos dejado claro que yo estaba solo —dijo de repente—, pero tú has dicho que llevas aquí una hora… ¿Tú acompañante se ha ido? —preguntó.

—¿Quién ha dicho que haya tenido acompañante? —respondió con una sonrisa pícara, y un poco de espuma en el labio superior que se estaba relamiendo.

—Entonces eres un solo de los míos, ¿no?

—¿Y qué tipo de solo eres ? —inquirió con curiosidad.

—El solo por necesidad y por accidente, supongo —dijo con un suspiro.

—Es decir, eres solo porque te pasó ser solo, ¿me equivoco?

—Algo así, sí —expresó con cierto cansancio.

—Entonces no, no soy «de los tuyos». Soy solo un poco por decisión propia.

—¿«Un poco»? —matizó.

—Sí… Bueno, ha sido un poco por accidente, también.

—Entonces, eres un poco de los míos. —Los dos volvieron a reír.

—Bueno… —Sonrió el desconocido.

Había llevado un pequeño cuaderno a aquella cafetería, y en el que estaba garabateando un poco de todo. Pero con la llegada de ese desconocido, ahora sólo hacía rayas sin cuerpo ni sentido.

—Me llamo David, por cierto —le dijo, alargándole la mano.

«Ahora ya no es “el Desconocido”», pensó.

—Yo soy Juan, aunque todo el mundo me llama J —le confesó.

—¿Jota? Encantado, J —dijo David con otra sonrisa, y añadió después de un rato—. Y ¿por qué?

Juan se rió.

—Porque yo se lo hago a los demás. A ti te acabaré llamando D cuando menos te lo esperes.

David sonrió.

De, ¿eh? Creo que me gusta.

—Te pega. —Primero sonrió Juan, después David.

Juan volvió a su cuaderno, línea tras línea. David lo observaba disimuladamente desde el borde de la taza de café que se había llevado a la boca, tomándose otro sorbo frío.

—Este café ya está muy frío. ¿Te apetece que demos una vuelta? —preguntó después de dejar la taza en la mesa.

—¿Y adónde quieres ir?

—Adonde nos lleven los pasos. ¿No te parece una buena idea?

—Me parece una terrible idea, pero te seguiré. —David se rió.

—Ése es el espíritu —dijo. Juan le miró y sonrió.

Dejaron el dinero justo en la mesa, pero David quitó la parte de Juan y le dijo con otra sonrisa pícara:

—Me apetece invitarte.

Juan le miró con algo de sorpresa, pero aceptó el gesto sin decir más.

Salieron del local. Serían las cinco de la tarde y la calle empezó a llenarse de personas, de parejas que iban hacia el centro, de amigos que iban a la plaza. En todas direcciones, personas con caminos aparentemente definidos.

—Tú dirás —le dijo a David.

—O no. A ver, ¿adónde te llevan los pasos? ¿Adónde te apetece realmente ir?

—No sé, ¿hacía allí? —dijo señalando la plaza.

—Pues entonces iremos por aquí —Decidió David, apuntando en el sentido opuesto. Juan le miró con impresión. David se limitó a sonreír.

Después de recorrer tres calles al azar, Juan le preguntó:

—¿Por qué has hecho eso?

—¿Lo qué? —dijo David intentando ser gracioso —. ¿Preguntarte y luego decidir yo, dices?

Juan le miró afirmativamente.

—Mi experiencia me ha demostrado que las personas suelen decidir por lo que creen que les apetece, y no por lo que les apetece de verdad. Supuse que la plaza parecía lo más normal. Yo no quiero que esto sea normal. —Volvió a sonreír. Juan sólo pensó, «esto no es normal».

—Pero si quieres, podemos hacer lo normal: damos la vuelta y volvamos a la plaza —dijo David después de un rato.

—¡No, no! Ahora quiero ver «adónde nos lleven los pasos» —dijo Juan con una sonrisa pícara.

—¡Touché! —Los dos rieron.

Anduvieron un poco más por una de las calles de la ciudad, con sus balcones desnudos intentando aliviar el calor de un junio veraniego. De repente, David se paró en seco y apuntando hacia un punto indeterminado, exclamó:

—¡Ahí! ¡Ahí vamos!

—¿Adónde?

—¡Ven! —Señaló a Juan para que le siguiera.

Después de recorrer los 70 metros y pico que les separaba de su destino, David se sentó en unas escaleras con sombra. Juan se sentó a su lado y le miró:

—¿Esto? —preguntó un poco confuso.

—Sí. ¿No te gusta?

Juan se quedó en silencio. No sabía qué decir.

—No es normal —dijo David después de un rato, viendo que Juan no decía nada.

Después de un silencio reflexivo, Juan dijo:

—Empiezo a pensar que tienes un problema con lo normal.

—Tal vez lo tenga. No te lo voy a negar.

—¿Por qué? Es… ¡Lo normal!

—Exactamente —sentenció David. Pero después de un rato, añadió—: la normalidad está sobrevalorada. Y sobreestimada. Y no me gusta. Dejó de gustarme hace mucho tiempo —confesó—. Me parece aburrida.

Juan no dijo nada.

—Todo el mundo quiere cosas normales —siguió diciendo David—: una vida normal, unos amigos normales, unos amores normales. ¿No te suena aburrido?

—Puesto así…

—Lo es. Créeme… —David se quedó pensativo.

—Supongo que demasiado normal es malo, como todo —dijo Juan. David no dijo nada. Estaba en su mundo.

Delante de ellos había un solar, abandonado en medio de la ciudad. La luz del sol se colaba entre los edificios y proyectaba sus sombras sobre el fondo. Las paredes estaban bañadas con graffiti, ese silencio grito popular que reflejaba todos los sentimientos callados y normales. También se podía ver cómo el solar era frecuentado por los niños, como patio de juego. Los carteles vestían una valla caída y dividida por las gentes. Ya no había nada que separase ese solar encajado del resto de la ciudad. Era otro solar conquistado.

—No quiero vivir una vida aburrida —de repente dijo David.

Juan le miró. Había llegado a ese rincón de la ciudad pensando en David como un simple desconocido, pero en ese momento algo dentro de él cambió y su visión de David cambió con ello. Ya no era un desconocido:

—Haces bien —le dijo Juan.

David alzó la mirada. Llevaba ya un rato mirándose los zapatos o el quiénsabe del suelo.

—Me gusta ese solar —dijo—. Me gusta porque es sencillo, familiar. Quizá sea un poco íntimo, pero sobre todo, es la otra cara de esta ciudad tan abrumadora.

—A mí me gusta cómo la luz se cuela entre los edificios y acaba ahí —añadió, señalando un punto cualquiera del solar.

—Es cierto. —David volvió a sonreír.

Los dos se quedaron mirando el solar, compartiendo una visión distinta. Una pareja de mujeres pasaron por delante, con bolsas de plástico, hablando alto. Les vieron de reojo y siguieron su camino.

—También lo normal puede ser interesante, ¿no? —dijo Juan después de un rato.

—Supongo —respondió David, escéptico—. Mi experiencia me dice lo contrario. Pero también me dice que cualquier cosa puede pasar —. Juan sólo asintió levemente.

—Oye, ¿te apetece dar una vuelta? Conozcamos el barrio —sugirió David, levantándose con vitalidad de la escalera—. Se me está quedando el culo dormido —dijo, riéndose.

—Venga, vamos —dijo Juan, también levantándose, con ánimos —. ¿Derecha o izquierda?

Pinto, pinto, gorgorito… —Empezó a cantar David. Después de terminar, dijo enérgicamente— Por ahí. —Siendo ahí la derecha.

Sus pasos determinaron el camino aquel día de anormalidades. Aún quedaba una larga tarde. Desaparecieron por la esquina, hacia un mundo desconocido lleno de posibilidades.

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