El amor que acalla

— ¿Qué pasa en el mundo?

— Silencio.

— ¿Qué dices?

— Que por fin hay silencio.

— Sí, es raro.

— Hablaban de paz, al fin.

— ¿Sí?

— A mí también me cuesta creerlo, pero ¿quién sabe? Los milagros tal vez sean de verdad.

— O eso, o que Nuestro Señor ya tenga a quien amar.

Sólo quedó ahora el silencio. Todos los ecos y los quebrantos del corazón se callaron, todos los fantasmas del pasado, esfumados. No proferían gritos los deseos ni había quejas de los miedos.

El hombre sintió cómo todos sus órganos armonizaban, cómo su ser se hacía uno y encontraba, por fin, después de tanta búsqueda, su lugar en el mundo.

El hombre amaba. Su mente, su alma y su corazón, por primera vez en mucho tiempo, hicieron las paces. Y hubo silencio; hubo felicidad.

 

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