El Café.

Doblé la esquina. En realidad estaba perdido entre calle y calle, y doblar la esquina pareció lo correcto. Madrid algunas veces tiene esta forma de jugar contigo, de descubrirte, aun cuando no lo quieres, cosas nuevas.

Y esa esquina dio paso a un café que pretendía ser grande, pero en realidad era pequeño. Pequeño y mezclado en el tiempo. Tenía un poco de moderno aquí, un poco de historia allá. Pero lo que más me llamó la atención de aquel café era esa cálida e indescriptible invitación a entrar, a sentarte, a disfrutar de la vida con algo entre las manos, como de pequeño placer. Tenía algo que recordaba al hogar, ése que tantos años he estado buscando, pero que aún no he encontrado. Eso es lo que tenía.

Así que entré. Mesas de mármol íntimas, para cuatro personas máximo, moteaban el local de forma aparentemente caótica, pero claramente familiar. Sin embargo eso también causaba una sensación de aprieto, de que todos tus secretos podrían ser escuchados por el mundo, y precisaba un poco de precaución. Las mesas eran de las antiguas. Digo «antiguas», porque por alguna razón su estilo siempre me recuerda a algo de la Guerra Civil, a algo muy español, de bares ahumados y alborotados de pueblo.

Estaba vacío. Con eso sentí una sensación de libertad, pero también de timidez, desnudez, de exposición ante las circunstancias, pero sobre, de exposición ante el dueño de aquel local.

Con cuidado esquivé tres mesas, cinco sillas; encontré mi esquina. Me encantan las esquinas. Tienen algo de personal cuando te apropias de una, además de cierta intimidad. Ofrecen un panorama amplio de lo que pasa a tu alrededor, aun cuando no pasa nada.

No pasó mucho hasta que un hombre más joven de lo que me esperaba para un local tan viejo me atendió. Sonrisa y cuaderno en mano, apuntó: «té verde, templado, con azúcar». Siempre me parece irónico, y gracioso, que en un café se vaya a tomar té. Rompe con algo que ahora mismo no sé describir… ¿La estética? ¿El propósito? ¿Quién sabe?

Y fue en ese café que comencé una historia. No era cualquier historia: desde este punto de vista, es una historia de una historia, pero al fin y al cabo, una historia. Las primeras líneas leían: «Mi historia comienza en un café de la ciudad. Era un café casi sorpresivo, como si estuviese ahí sólo para mi historia. Lo cierto es que, al ritmo de los pasos y la corriente de la vida, era un café idóneo. Cuando lo descubrí, y lo descubrí por error, como todo en esta vida, fue también por azar, aunque ahora veo lo planeado. Desde entonces, cualquier tropiezo, cualquier merodeo, cualquier plan… acaba en ese café. Y por eso, y un poco más, mi historia comienza en El Café».

No había terminado el párrafo, cuando mi mirada se tropezó con otra mirada.

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