Volviendo.

Tenía que pararme a escribir… ¿O tenía que parar a escribirme?

Es un impulso propio del alma, y no por ser animal, que también, que ni siquiera el tiempo puede dominar. Y es que tenemos, algunas veces, más alma que animal. No sé qué me da más miedo…

Vuelvo a estas palabras, pero con un sentimiento extraño, un sentimiento como de adiós, o de paisajes borrosos en ventanas de trenes sin retorno. Vuelvo a estas palabras como el río vuelve al océano, o el borracho a sus vasos llenos de quimeras. Vuelvo quizá para no volver, si es que eso tiene sentido; como se necesita oscuridad para distinguir la luz, así vuelvo.

También vuelve el sol a estos cielos lluviosos de la sierra. Esta mañana he mirado a través de la ventana y podía distinguir el azul. En realidad, he redescubierto el azul con la emoción de quien descubre algo por primera vez. Así. Hacía tanto tiempo de niebla y nublado que casi se me había olvidado que había un claro por encima. Por ventura ha vuelto.

Pero me da que ha vuelto para irse. Es una serie causal que es necesaria, fundamental; es lo que le da sentido a esta vida fragmentada en momentos: volver para irse, bajar para subir, vivir para morir… «No olvides que incluso la ausencia ya constituye algo», recuerdo.

Y por eso el sentimiento extraño en este regreso, en estas palabras que aún buscan su lugar entre los significados.

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