“Que se junten nuestros cuerpos sin que nos demos cuenta”

Así hablaban sus palabras, con sutileza, con ternura, pero con pasión, todo a partes iguales, en un delicado y frágil equilibrio de sentimientos. Era también súbito y violento, fuerte e impulsivo. Era un sentimiento de contradicciones y paradojas, de nudos en el corazón como en la garganta; era un sentimiento incondicional, ocurría porque sí, sin razones, pero con todas las causas posibles. Había algo maravillosamente terrible en ese sentimiento. Era un sentimiento sin nombre y con el nombre de todos los sentimientos a la vez. Lo más seguro es que nunca averigüemos el nombre, el significado o la verdadera medida de este sentimiento misterioso y dulce, porque lo único que cuenta ahora, y todos los ahoras de mañana, es que vivamos este sentimiento con una medida desmesurada, hasta quedarnos sin aliento; hasta que se junten nuestros cuerpos sin que nos demos cuenta, como decía. Empiezo a entender, al final, que es un sentimiento exagerado en este corazón pequeño y añejo, y por eso quizá estas palabras también sean exageradas. Son sentimientos, son palabras, después de todo.

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