En la tierra del mar.

“Número de palabras: cero”, me dice. Y el tiempo marca un ritmo en mis pensamientos atropellados; bueno, el tiempo no, el cursor de texto, como si de un metrónomo para palabras se tratara. No sé qué decir y no sé hasta qué punto puedo pretender que tengo algo que decir. Lo cierto es que estos días son días de silencio, de horarios invertidos, de exploración y descubrimiento; pero todo eso son sólo mis eufemismos para el aburrimiento. El verano es pesado, y estos días sólo veo el amanecer anunciar la hora a la que tengo que irme a la cama.

Escucho canciones que me cuentan las historias que debería vivir, pero la verdad es que soy demasiado vago ahora mismo para vivir el verano; tengo la cabeza llena de palabras, y más que eso, de dudas y preguntas que me alejan de una realidad que requiere toda mi atención. El número de palabras aumenta y el tiempo disminuye: es inevitable.

Me siento en medio de ninguna parte, perdido, en busca de algo que no sé; la pregunta de “la isla desierta” se ha hecho real. Y sé que quiero encontrar algo, pero también sé que ese algo es otro no sé, y no sé tantas cosas ya… Es otro de estos dilemas de verano; de mi vida.

Lo cierto también es que me entristezco a cada punto y final.

Y estoy esperando a que algo comience.

Mientras tanto espero a que vengan mis propias palabras, y no estas palabras corruptas con la letra de canciones que dicen todo lo que quiero decir.

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