Las historietas.

Vamos a contar un cuento, que hoy me apetece perderme en estas palabras que arden con el silencio. Me gustaría confesar el mayor de todos los secretos, ése que no me deja dormir por la noche y me obliga a levantarme en la alta madrugada a por vasos de agua que calmen mis sueños; tus abrazos se vuelven a perder entre las sábanas de mi memoria. Pero por la mañana eres tú quien pierde el nombre y vuelve el olvido.

Nadie lo sabe, sólo que todo el mundo lo sospecha; fue un amor de ocho meses. O diez. Los números nunca importaron, sólo los momentos en los que casi me dejas asmático cuentan. Perdíamos el aliento de la misma forma que perdíamos el corazón, intensamente, apasionadamente. Momentáneamente. Luego todo se fue, se fue por la calle de las perdiciones, a favor de la corriente, hacia el mar.

Nunca estuvimos en el mar. Tampoco estuvimos en las montañas. Sólo recorrimos parques de pinos recordando cómo me viste la primera vez, escondido entre otras caras que sonreían. Nuestras miradas se hicieron nudos entre las carcajadas de gente que, a medida que nos conocíamos, ellos se volvían más ajenos. Años más tarde, ¿quién lo diría?, serían ellos mismos quienes nos recordarían que lo que tuvimos tú y yo fue verdadero amor, de esos de película y libros.

Lo que nunca dicen de verdad es que fue ficción, y yo ya no estoy seguro de mis recuerdos que parecen sueños, o de mis sueños que se saben recuerdos.

Eso sí, nunca me devolviste ese beso robado a traición. Fue años más tarde también que acabé por perdonártelo, pero en estos días largos de verano es cuando vengo a recolectar mis deudas con intereses. Pero tú ya no estás. Y mi crisis crece en números rojos, números que jamás me importaron, ahora hacen tablas sobre mi corazón.

Son en estos días cuando, perdido en un mercado de valores, me hago preguntas, regreso a la íntima esencia que me forma, me busco nuevos significados, pero sobre todo, me busco mejores explicaciones, para poder seguir sin el beso, con las ilusiones desgastadas, con números que creo no me hacen mella, pero que se graban en mi memoria como el fuego se graba en la madera. Vuelvo a la filosofía con miedo y cobardía, alojándome bajo el techo de teorías que me llenan de vacío, buscando. Siempre buscando.

Tiré una nota a la basura que leía «te echo de menos», pero ahora forma un puzle en mi cabeza y toma otro significado: «te echo, de menos». Las comas siempre han cambiado mi vida, sin quererlo, queriéndolo.

Son las historietas del tú me dirás. O no…

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