De camino.

Me veo convenciéndome de que hago todo lo correcto, pero siempre descubro que he cometido todos los errores de los que siempre he escapado. No sé cómo lo hago, si por negligencia o pura convergencia. Me veo deseando todos los deseos equivocados, soñando todos los sueños imposibles, queriendo lo más mundano desde mi mundo de cristal a punto de resquebrajarse. Me veo persiguiendo las mismas sombras sin darme cuenta de que la mía está faltando. Bueno, ¿qué quiero decir? Que siempre me veo persiguiendo “tús” como quien persigue la realidad, alejándose poco a poco del pasado, de la locura, de las borracheras, de camino hacia algo mejor.

Así estoy yo, de camino a alguna parte, pero sin saber muy bien a dónde. No me sé nombres ni tengo fotos, sólo un vago sueño que se cree recuerdo y que es el que me empuja hacia estos horizontes olvidados. Estoy como ya tantas veces he repetido en mi cabeza, que tantas veces he ensayado en público: soy el inmigrante que está en el camino del exilio, del olvido, de la búsqueda del hogar, del arraigo —más bien el camino del desarraigo—, de la construcción de esperanza, de la hermandad fracasada. Soy ese hombre perdido en las calles de una ciudad que nunca le adoptó del todo, que merodea sin rumbo, en estado zombi, con muchos propósitos pero con pocos medios. Yo soy ése, el vagabundo de la tierra.

Quizá quiera estar así, estar siempre de camino a alguna  parte sin saber muy bien nada. Tal vez fue una elección que hice hace muchos años que ni siquiera mis años recuerdan. Quizá es un estado del que no puedo escapar, una inevitabilidad de la vida, algo con lo que tengo que vivir hasta que muera. Muchos “quizases” y demasiadas preguntas, y sólo una botella de vino para toda la noche.

La verdad es que no sé estar de otra forma, sino de camino, porque siempre he estado de camino: desde un país a otro, desde mi casa a ese destino transitorio, de un amigo al siguiente, de un amor a ése que promete venir pero que no viene. Siempre de camino entre un punto y otro. Soy el hombre de las dos nacionalidades, bilingüe, que ha vivido en varias casas y tiene al menos dos gustos totalmente opuestos; de camino entre el aquí y el allí.

La verdad es que no sé si me gusta; no conozco otra cosa. Ése es mi problema, mi dilema, mi existencia: no saber y querer saber, una contrariedad en sí misma que me aniquila, como esos pleonasmos favoritos de la familia: “subir arriba”, “salir afuera”…

Estoy siempre de camino y ha llegado ese momento en mi vida cuando ya no quiero estar de camino y quiero estar, en un punto, estático, con algo seguro, sólido, que me mantenga en la tierra, sujeto, firme como aquellas encinas de La Mancha, soportando año tras año el calor infernal del verano. Así quiero estar yo, no de camino, sino asentado, el que tiene una conquista, una victoria de lugar, una convicción, una seguridad, un hogar para el alma y el cuerpo, y estos pies cansados de cambiar.

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