Vamos a escaparnos al fin del mundo.

Día tras día la idea, esa idea tentadora que es incorregible, me regala la promesa de una sonrisa que perdí hace mucho tiempo. El reloj, mientras tanto, martillea mi rutina, haciéndola pedazos, desgastándola. Todavía estoy aquí porque me creo que puedo seguir, pero el esfuerzo se hace cada vez más grande y el otro día volví a fumar un cigarro. No quiero volver a caer en la tentación de fumar mis horas perdidas como un loco, esperando a que llegue la noche para beber más vino a solas o salir a la terraza que da a una calle mugrienta para escuchar los lejanos grillos del campo. La luna muere en el cielo y las moscas mueren en las ventanas viendo la libertad pero sin poder alcanzarla. Así soy yo ante el mundo: ahí lo tengo, al alcance, con un poquito de cerebro y podré salir de esta jaula que me está ahogando. Pero no paro de estamparme contra el cristal de mi propio pensamiento que me hace prisionero de esta libertad que tanto anhelo, pero que tanto me falta. Doy vueltas como un estúpido, y mientras pasan estas palabras, dos moscas hermanas pasan por encima de mi cabeza, viviendo el mismo existencialismo que yo. Porque yo soy ellas y veo mi futuro en esa manta de cadáveres que tapiza las frías baldosas que hay debajo de la ventana.

El verano me está matando lentamente, pero soy como aquel ejemplo de la rana en la olla: si metes la rana desde el principio y pones la olla a cocer, la rana no notará el cambio y terminará por morir cocida. Sin embargo, si pones primero la olla, lo calientas y después echas la rana, entonces volverá a saltar fuera y sobrevivirá. Yo me encuentro en el primer caso, muriéndome poco a poco, sin saberlo, o sabiéndolo pero no muy bien; la esperanza es la catarata del alma, esa enfermedad que te hace ciego y vuelve la realidad borrosa.

Estoy aquí, pero no sé por qué estoy aquí. Y la verdad es que el reloj sigue martilleándome, los días pasan, yo espero; nada. Eso es lo que me está matando, la espera y la nada, como si de un cuento moral se tratara, uno de esos cuentos que pueblan los escritos budistas, por ejemplo. ¿Te lo imaginas? Suena incluso poético. Pero hace años que no escribo poesía. Lo dejé, como quien deja la droga, pero no deja la tentación de tomarla: te acecha como un león en la sabana, y si tienes la más mínima oportunidad, volverías a caer en el negro agujero que es la poesía.

Te escribí poesía, ¿sabes? Como consuelo por todas las horas que dejamos de vivir juntos. La verdad es que era una nota de suicidio que nunca llegué a terminar, y por un error de la vida misma, acabé escribiéndote poesía. Poesía mala, por cierto. Ahora está perdida en alguna caja, entre otros papeles llenos de tonterías, recordándome que nunca terminamos de mudarnos, que aún hay algo, que aún queda algo. Tal vez sea el pasado. Yo sigo pensando que se quedó alguna joya que la propia avaricia no puede dejar escapar.

Es la enfermedad del inmigrante, el vicio del inmigrante, el síndrome del inmigrante. Vosotros jamás lo entenderéis, porque nunca habéis tenido que dejar vuestro país, pero yo soy como esas cajas eternas que nunca se vacían, que sólo se llenan de polvo y pierden rigidez con el paso del tiempo, como la vejez. Soy como esas cajas, como ese recordatorio que me dice que nunca fui de aquí, que soy de otra parte, que me moví, y que lo más probable, volverá a moverme. Siempre moviéndome de un lugar a otro, buscando aquello que todos mis amigos llaman “hogar”. El hogar… ¡Qué ilusión! No de alegría, sino de ensueño fantasmagórico que sufre el paso mismo del tiempo. Como estos pies que están cansado de buscar entre la basura del presente, buscando, buscando… Buscando.

Vosotros no sabéis lo que es sufrir la vida: tener que abandonar una infancia en alguna parte del mundo para adoptar una infancia completamente ajena. Vosotros no sabéis lo que es estar siempre escapando de aquí y de allí, intentando arraigar una vida que no toma raíz y que se lo lleva el viento, como el alma del diablo (dicen). Vosotros no sabéis lo que es mirar en la cara de amigos que aún te recuerdan que eres de otra parte. Tal vez sea racista y no me guste estar aquí, entre extraños que me regalan abrazos y me quieren como un igual. Tal vez eso es lo que me pasa, que por mucho que lo intenten, yo siempre recordaré que dejé un hogar para convivir con todos aquellos que nunca me vieron nacer en su propia tierra.

Por eso me voy a escapar al fin del mundo, volver a la selva, porque allí las personas son mejores, se come mejor, se respira mejor; hay un silencio mejor que te deja sordo. Esta vez quiero escaparme de verdad, ser el autor de mi propia escapatoria, y nadie más ajeno a mí, y cuando llegue, no tener que adoptar nada; volver y reintegrarme en mi propio ecosistema, arraigar algo, nutrirme, crecer. Buscar ese lugar vacío que dejé en un país que casi me ha olvidado, volver a tomar ese asiento en el avión y dormir largas horas hasta que el calor me despierte. Eso es lo que necesito: una buena bofetada de calor, que me devuelva al mundo con emoción y sentirme, por fin, otra vez vivo.

Ser yo quien escape y no ser yo quien escapa con otro. Yo solo y nadie más.

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