Esa pareja ficticia.

Me quedé mirándoles fijamente desde mi mesa de soledad. Mi velada era propia, pero en algún punto de la noche empecé a sentir que necesitaba a alguien y me perdí en aquella pareja estacionada dos mesas más adelante. No se dieron cuenta de su observador y me aproveché de eso para continuar con la película.

Ella se tocaba el pelo, colocándolo detrás de una oreja que emergía de un mar rojo. Él se reía como quien ríe de verdad, ajustándose la corbata caída al mismo tiempo. Era pura sincronía, de esas que se adquiere en la primera cita donde lo único que se pone en la mesa son impresiones, gestos y palabras detenidamente planeadas. Siempre es el mismo espectáculo para cada pareja, pero al mismo tiempo es único y nunca pierde el suspense.

Ese rubio de mandíbula americana, cuadrada y fuerte, a pesar de la aparente contrariedad, hablaba bajo y con tranquilidad, con cierta ternura se podría decir y clavaba sus ojos, aquellos azules que recuerdan a la Segunda Guerra Mundial, en la bonita sonrisa carmesí de una mujer que estaba claramente interesada.

De sonrisa a sonrisa, se miraron. Yo me di cuenta de que el momento empezó a formarse, como quien ve formarse una nube, alrededor de los dos, atrapándolos, empujándolos, acercándolos como la gravedad nos acerca a esta tierra. Lo vi tan real como quien puede ver el mar. Pero ella de repente giró la cabeza y comenzó así el juego de las sutilezas.

No pude evitar sentirme igual de confuso, al principio, que aquel hombre que, aunque indetectable, se había acercado a ella en busca del primer beso que lo dirá todo. «Yo también quiero besarla» pensé, pero mi tortilla había vuelto y con ella, la soledad servida.

Bebió un poco de vino de un vaso que llevaba horas lleno y ella se apartó un poco. Claramente algo había ido mal, pero ni siquiera el espectador, yo, me había dado cuenta de qué era. «Esto es como una verdadera película» me dije con cierta emoción que evocó al mismo tiempo un sentimiento de patetismo.

Miré en derredor, por el hombre que no caía en la evidencia, y vi, tres mesas a la izquierda, justo en el campo de visión de ella, un hombre que, al igual que yo, tenía sus ojos clavados en ellos. Por un momento me pregunté si alguien estaría vigilándome a mí vigilar a aquella pareja. Me estremecí un poco con ese pensamiento, y en ese mismo momento, aquel hombre de mirada igualmente sospechosa a la mía, se fijó en mí, y como él hizo la mujer.

El espectáculo se terminó, la tortilla se estaba quedando fría.

Disimulé como pude algo que era demasiado obvio y me volví a perder en mi mesa, ésa que tanto me acompañaba.

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