Inspiratio. Segunda parte.

Había estado más de dos días fijando mis dolorosos ojos en aquel blanco muy blanco de un papel que gritaba sin palabras. Me di cuenta después, al entrar en el baño y descubrirme, otra vez, en el espejo, que lo que me faltaba era la sana inspiración; mi aspecto demacrado respiraba inseguridad por cada poro de mi cuerpo y no podía evitar tambalearme a cada miedo que surgía que se apoderaba de mí por un instante. Era la vida intentando decirme algo, tal vez un adiós a los buenos días, como suele pasar estos días en los que he perdido una costosa rutina anual. Me lo estaba jugando al azar en una partida que, claramente desde hacía unos cuantos meses, estaba perdiendo.

Me hago ilusiones fácilmente. Eso es lo que más odio. De la misma manera que, una vez alcanzada la tan preciada inspiración, uno se cree con las fuerzas suficientes para continuar con la ardua tarea de escribir bien, yo estaba volando directamente hacia el astro muy ciego de la realidad de las llamas que se estaban devorando mis falsas alas. Y por eso me veo de nuevo aquí, cayendo hacia un abismo que se me antoja aburrido de lo familiar que es; no hay más rincones misteriosos que descubrir en esta desesperación tan visitada. ¿Qué debo hacer? No, no, ésa no es la pregunta. La pregunta es: ¿qué podría hacer?

Como si me importase realmente lo que vaya a pasar, o en su defecto, lo que no vaya a pasar. Lo que importa es eso, que lo que es, es; y lo que no, ya veremos. ¡Maldita esperanza! Qué mala manía nos hemos cultivado los humanos, de esperar aquello que, como las preguntas de sí o no, o pasará o no pasará. No, no, erre que erre, metamos el dedo en la llaga y esperemos a que así venga la cura. La «filosofía práctica» del día a día.

Pero voy a confesar la verdad: nunca supe qué quería decir. Fue sólo un momento de locura en el que me vi arrastrado hasta aquí, hasta cualquier aquí, concretamente. Porque siempre me pasa lo mismo: me dejo llevar un poco por esta tentadora mujer que es la esperanza y me veo metido, de repente, en un «marrón» de las buenas, de las que no tienen sentido, mayoritariamente; de esos problemas que te hacen cuestionarte tu yo, tu propósito, el por qué de estar despierto a altas horas de la madrugada. ¿Por qué lo llamamos «altas horas»?, por cierto.

No importa. Eso es lo que de verdad importa: que no importa. Que no importa cuantas horas has estado esperando, porque en el fondo esperar no sirve de nada: la esperanza sólo es muerte y decepción; lo único que vale es la paciencia, que es sin esperanza, la pura manifestación del paso del tiempo y nada más. No importa cuán grande es el esfuerzo o la intención o el intento. No importa cuántas palabras dichas en vano y después olvidadas. No importan los sueños potencialmente posibles que se puedan tener o que se hayan tenido. Lo que al final importa es… Nada. Nada realmente importa, exactamente porque todo pasa. Pasa, y cuando pasa, deja de ser. Y porque, aunque sea, puede dejar de ser, no importa. Llámalo «lógica anticipativa», por ejemplo. La verdad es que, visto en términos del tiempo que pasa —y siempre pasa—, nada debería importar.

Claro que, hay un abismo de significados entre lo que es y lo que queremos que sea. Todo depende de qué nos ofrece y nos satisface la verdad de la realidad. Porque la realidad es eso: lo que queramos que sea y nada más importa.

La eterna guerra entre el Objetivo y el Subjetivo.

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