Búsqueda

He decidido desaparecer durante una temporada. ¿Por qué? Tengo varias razones que, no por no querer, no voy a confesar. En su propia medida, ni sé qué razones son exactamente ni me veo con suficientes fuerzas —o valor, de hecho— para darlas voz y hacerlas aún más reales de lo que son en mi pequeña y abarrotada cabeza. El mundo se me venía encima; tenía que escapar.

Así que he decidido desaparecer. No es, ni lo recomiendo, la mejor manera de enfrentarse a los problemas. ¿Qué digo “enfrentarse”?; resignarse, abandonarse si se permite. En cierta medida, aguantar los problemas sin tenerlos encima, o en la cara. Verlos de lejos, desde una distancia prudente y segura, aunque no haya nada de seguridad cuando se trata de problemas.

Pero mientras tanto, mientras se desenvuelve el año y llegue el tiempo tranquilo que acompaña, si lo quiere así la atmósfera, el verano, me veo con pocas fuerzas para enfrentarme a solas a los silenciosos golpes que propicia el recordatorio de todo aquello que aún no tengo.

Quizá me voy porque mi propio orgullo ha sido herido por mi propia arrogancia y mi propia envidia ante las nuevas de la vida, y lo confieso, no quiero enfrentarme al dolor que viene de ser consciente de ello. Me duele verme en ese espejo, y prefiero tapar todos los espejos como prescribe la tradición judía ante la muerte; desaparecer y no ver.

De momento esta propia receta contra los vicios de la dignidad da sus frutos: me siento mejor, relajado, aunque no tranquilo. No dejo de sentir que estoy haciendo algo mal, pero no me arrepiento de estar haciendo lo que estoy haciendo. Es egoísta, lo sé: pero yo también tengo derecho a ser egoísta de vez en cuando, como todo el mundo.

Me estoy desintoxicando de lo que supone vivir hoy: las redes, la información, el mundo a un clic, los contactos y amigos, la constante comunicación; de los amigos sobre todo. Y a pesar de parecer imposible, no lo es. Para nada. Sigo viviendo en el mismo sitio, pero la única diferencia es que ahora es un lugar aislado de verdad de este mundo que, ahora, parece mucho más grande y lejano. Lo confieso: la primera vez tuve miedo, ansia, algo así como arrepentimiento y mil preguntas me asaltaron, preguntas como “¿y ahora qué voy a hacer?”, “¿cómo voy a pasar el tiempo?”…

Ahora toca… Escribir. Leer. Conocer mundo de otra forma. Es cierto, no estoy del todo incomunicado porque aún tengo acceso a este dios que es Internet, puedo leer el periódico digital, pero sobre todo, escribir en este blog mío. Pero por todo lo demás, y a efectos prácticos, estoy totalmente incomunicado: no sé nada del mundo de la misma manera que el mundo no sabe nada de mí. Así de incomunicado estoy.

Ahora toca hacer las cosas de verdad y dejarse de tonterías. La vida pasa demasiado deprisa y no hay tiempo para ¿pequeñeces? Para menudencias.

Es un mundo conectado, sí, pero al mismo tiempo es un mundo desconectado: de lo que el mundo es y siempre ha sido, de la gente de verdad, del camino de la rutina, de las cosas que aún no se pueden replicar digitalmente. El mundo está desconectado de esas cosas, y yo las he querido recuperar. Tal vez sea la crisis de mi edad, tal vez mis problemas, tal vez todo ha convergido y pum. Sea lo que fuere, quiero desconectar para re-conectar: salir de las sombras de la caverna de Platón en el que a gusto me metí para volver a ver el mundo del que una vez vine.

Creo que esta es la mejor lección de mi modesto retiro, que al mismo tiempo, creo yo, es un gran consejo, no sólo para algunos, para todo el mundo. Así que ahí lo dejo, en el ciberaire. A la deriva, a la espera.

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