«Te escribo» o de lo que nunca se dice.

Es curioso cómo cada cierta temporada me veo otra vez en este lugar, donde hay demasiadas preguntas y demasiadas pocas respuestas. Es agotador, pero empiezo a pensar que si es así de cíclico, es necesario. Así que lo que ha cambiado esta vez es que me he dejado de cuestionarlo, esto de volver aquí. Si pasa, pasa; pero sobre todo, pasa porque así debe pasar. No creo tanto en que todo pasa porque hay una razón, pero más bien me inclino a pensar fielmente que nosotros somos quienes creamos esa razón para que lo que tenga que pasar, pase. No hay razón metafísico, no: nosotros somos nuestra propia razón. Nosotros lo creamos. ¿Se nota que soy un gran defensor de la filosofía del karma?

Pero a parte de eso, últimamente me he visto retornando a los baúles de la memoria, donde el polvo y el olvido beben cervezas a su ancho antojo y no dejan de causar estragos entre trago y trago. Me he sorprendido de muchas cosas, pero sobre todo me he llevado una buena inyección de nostalgia, que de vez en cuando, no viene mal: da cierta perspectiva sobre cómo van yendo las cosas, o mejor dicho, a dónde han ido. Como por ejemplo, la gente: ésa que tanto fomenta nuestra vida de tantas maneras —hasta ese punto donde casi es un tabú no tener amigos—, pero que sin poder evitarlo, vienen y van, como las olas del mar, como las estaciones, como las ganas de comer galletas. Al igual que este vaivén cíclico vital en el que me encuentro que he terminado considerando necesario, necesario también es que la gente venga y se vaya, cuando sea. Todo a su tiempo —o no, pero hay cierto sosiego pensando que hay un tiempo para todo—.

En lo que más tiempo he gastado ha sido en evitar todo lo que decía “pasado”. He estado escapando, como muchos de mis personajes: escapando de la duda, del miedo, del dolor que acompaña cada recordatorio; ¿hacia qué? Tal vez hacia la esperanza, aunque si escapo, uno piensa, será con esperanza hacia algo que no sea la esperanza, sino hacia la realización de un objetivo, una meta en la vida, el destino, o un propósito, aunque lo más seguro es que sea un ideal. Todos perseguimos ideales a lo largo de la vida, y si no lo conseguimos —y mi enfermiza enhorabuena a esos pocos que lo consiguen—, nos quedamos con el que mejor se acerque a ese ideal idealizado. La gente normalmente no lo llama “escape”, sino “búsqueda”. Yo me pregunto, ¿y cuál es la diferencia? Sé que hay una diferencia obvia, pero hablando existencialistamente, la consecuencia de ambos es conseguir algo, sea lo que fuere. Pero una cosa es cierta, y es que hay cierta huida, cierta fuga, cierta evasión en cualquier búsqueda en la que nos embarquemos, de la misma sutil manera que hay cierta búsqueda en ese escape, esa huida, esa evasión que intentamos llevar a cabo. Todo tiene que ver con el presente que vivimos, y que no vivimos del todo. Sea una búsqueda, sea una salida, al presente le falta algo.

Mi presente está falto de claridad, de cierta respuesta y revelación que me dé fuerzas y convicciones para no cometer una locura. En mi apurado caso, del que evito hablar estos pobres largos días, lo que empezó como una evitación (no termina de sonarme bien esta palabra) ha acabado por ser, a la vez, una búsqueda y una huida: la búsqueda de la sensatez, y una huida de todo aquello que me intranquiliza, me inquieta y que me llena la cabeza de ideas precipitadas y dementes.

Como diría, “me encuentro contemplando un lugar lleno de insania, delirio y locura que me horroriza, pero que tanto me tienta”. Y realmente ahora no sé qué hacer. Antes se me daba bastante bien esto de crearme rompecabezas elaborados, pero la edad hace mella sobre la mente y esto de “La Arquitectura de las Ideas” es una asignatura que no he tocado en un par de años… Y otra vez me siento perdido, por no decir abandonado: abandonado por mi propia vida y por todo aquello de lo que tanto huyo.

Así que, aquí estoy, haciendo justicia al “¿Por qué…?”, escribiéndome seco, como de llorar se tratara. Aunque no quiero llorar. Me estoy escondiendo en estas palabras que, realmente o no, me dicen mucho; escribir estas palabras me ayudan a gritar hasta la afonía mental, y desde el principio, me ayudan a encontrar el camino de vuelta. El alivio está en escribir, pero sobre todo, en lanzarlo a un mundo lleno de vacío, silencio y nada. Me da la sensación de ser libre, aunque siempre he sido esclavo de lo que digo. Ahora mi boca empieza a saber a adioses…

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