Ganar, perder.

“No quiero hablar contigo”, me dice. No podía dejar de sentir que lo que había hecho el otro día estaba mal. Por eso estaba aquí, ahora, siendo rechazado por uno de mis mejores amigos.

— ¿Por qué? —Pregunto, con la esperanza de ver que, más allá de su cabreo, aún había algo.

— ¡¿Quién te crees que eres?! —Me dice después de un largo silencio. Su mirada se fija bruscamente en mí, irradiando ira, indignación y un destello de tristeza. En ese momento supe que algo iba a pasar. No sabía el qué, pero estaba pendiendo sobre nosotros, el evento desconocido.

— No tienes ningún derecho… —Se queda sin voz y baja la cabeza. No le gusta lo que me va a decir, y yo sabía que a mí tampoco —. Me estás haciendo elegir entre dos opciones, como si fuese un ultimátum, como si tu vida dependiese de ello, ¡pero es mi vida!

En ese momento rompe a sollozar, y aunque tengo ganas de ir a abrazarle, ya me está diciendo que no lo quiere. «Aléjate de mí» leo en su cuerpo. «Esta vez no hay retorno» pienso. Porque era una encrucijada sin salida. Pero ante todo, no puedo evitar sonreír para mis adentros porque no ha entendido mi mensaje, el propósito de lo que hice el otro día. «No lo has entendido, idiota» pienso, indignado, y frustrado porque llevamos años de fuerte amistad, porque como siempre, seguro que me expliqué mal y todo esto ha acabado en un gran malentendido. «Parte es mi culpa» es la idea que más me frustra.

Ya se ha recuperado, pero evita mirarme a la cara. También tengo la sensación de que va a salir corriendo en cualquier momento y eso sería el final de nuestro problema, y de nuestra relación. Pero se da la vuelta. Ni se acerca ni me mira a la cara. Su mirada está fija en el suelo, en algún lugar del infinito. Me siento tan culpable…

— No —al fin lo digo, con la frustración y otras mil emociones que me empujan a límites peligrosos—. No. No lo has entendido. Precisamente hice todo lo que hice para evitarte elegir entre uno u otro. Hice todo lo que hice para evitarte sufrir. Lo hice por ti. Lo hice porque quiero que sepas que si tienes que elegir, que no me elijas a mí. Que si alguien tiene que irse, prefiero irme yo.

Al terminar me doy cuenta de lo que he dicho, y aunque me siento satisfecho, de repente no puedo evitar sentir miedo, mucho miedo, miedo porque vaya a pasar algo de lo que me vaya a arrepentir. La verdad es que no estoy preparado para irme. No ahora. E inmediatamente me arrepiento de haberlo dicho. Una mezcla de emociones me invade, la satisfacción y el arrepentimiento sobre todos. Empiezo a sudar, y durante un momento, un momento infinito en mi mente, no pasa nada. Él no se mueve, yo tampoco. No parece haber aire y el mundo se hace cada vez más pequeño. «¡¿Qué ocurre?!» quiero gritar, pero no puedo.

Justo antes de desistir, de tirar la toalla y aceptar mi derrota, de aceptar que ya había perdido desde el principio, veo que levanta la cabeza y me mira, y en su mirada vidriosa por las lágrimas, puedo confirmar el último aliento de mi esperanza. No hace falta que diga nada, porque en ese momento ya lo ha dicho todo.

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