Hoy he ido a El Bosque. No se veía el sol por ninguna parte, y aunque últimamente voy a todas partes una hora tarde, he decidido dar un paseo en busca del destino. Volvía a esa misma arena blanca, manchada de tiempo. Hacía meses que no pisaba ese suelo lleno de historia; la gente no lo ve. Yo sí.

Son mil los caminos que allí se entrelazan, que divergen, que convergen, todos al mismo sitio, a distintos sitios, cerca, lejos. Por eso lo llaman El Cruce. Pues allí volvía yo esta tarde, a uno de los caminos que entran a la Aldea por el Barrio Antiguo, detrás del templo. Con cuidado uno podría llegar a su destino sin problemas. El problema estaba sólo en elegir adecuadamente el camino a seguir.
El camino a El Bosque va hacia el norte; mirando las montañas podrías guiarte, pero la verdadera señal es el muro de granito que desaparece entre unos árboles bajos que rodean la Aldea por esa zona.

A medio camino, a través del campo de olivillos, uno llega a un puente viejo que lleva hasta La Ciudad de Piedra y que los ancianos llaman “La Avenida Fría”. Más allá están los campos de cultivo que se extienden desde las afueras de la Aldea hasta El Pantano. Pasado el puente, está el último cruce con el que uno se topa hasta llegar a La Colonia. Si uno sigue recto llegará hasta El Pantano, donde se celebra el Dáimones cada noche de luna llena. Pero yo iba a El Bosque. Necesitaba ir allí. Necesitaba mis respuestas.

El viento empezaba a soplar y las nubes empezaron a tapar los últimos resquicios de azul en el cielo. «Va a llover», pensé. No había tiempo que perder. Al llegar al último cruce, pasado el puente, giré a la izquierda, en dirección al norte. Nadie suele tomar ese camino ya. Muchos dicen que es demasiado peligroso y por eso ahora sólo toman el camino empedrado que los Reyes del Norte construyeron, como pasaje seguro para sus carruajes, más que por la preocupación por la seguridad de los viajeros pobres que inundaban las ciudades.

Media hora de marcha te lleva hasta El Bosque. En realidad no se llama “El Bosque”. Así lo llamo yo porque no sé cómo lo llaman los locales. Sólo sé que allí encontrarás todas las respuestas que buscas. El primer árbol que se ve es un Ampu, un árbol de corteza grisácea y hojas azul-blanquecinas. En su base hay una lámina de piedra que lee «Sea éste tu descubrimiento en el Camino». Al entrar en el bosque, claramente delimitado por la línea de árboles decenarios, lo primero que uno nota es la inquietante paz que reina: el silencio, la quietud entre los árboles, los colores y sombras que la luz crea. 

Me senté en una piedra, en la piedra en la que siempre me siento, y cerré los ojos. El viento bailaba entre las hojas de los árboles, pero casi no se notaba. En su paso, hacía silbar las hojas y parecía que el bosque hablaba.

No, de hecho hablaba. Empecé a sentirlo, las palabras formarse en la brisa, deslizarse de hoja en hoja y llegar hasta mí. Había un mensaje en el aire y los árboles lo empezaron a cantar, al son del viento que agitaba el joven follaje. No sabía cómo lo sabía, pero sabía que era un mensaje que había viajado una gran distancia, de bosque en bosque, recorriendo toda la tierra, avisando a todo aquel que escuchara. «Aquí está mi respuesta», sentí. Ni siquiera había hecho una pregunta, pero ya tenía mi respuesta, una respuesta que tanto necesitaba.

«Época de lluvia, época de sequía», decía el bosque, decía el viento. El rugido de un trueno me hizo abrir los ojos. En ese momento empezó a llover. «Llueve. Otra vez llueve», me dije. Me levanté y me puse en camino de vuelta a casa. Al salir del bosque y mirar al cielo, de repente entendí el mensaje y exclamé preocupado: “Malas noticias”. 

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