Regresando.

Otro año más. Sólo sé que el tiempo pasa, que me hago más viejo y aún me quedan cosas por hacer.
La verdad es que mi año nunca terminó. O mejor dicho, nunca empezó. Hace mucho que la rutina no da la mano a torcer y se ha vuelto todo tan sepia, tan estático, como las fotografías antiguas: hay una cara, la del pasado, pero no hay una continuidad, sólo un recuerdo que se hace cada vez más borroso y más ajeno.
Todo sigue igual, y sin embargo es diferente. Sigo siendo yo, pero soy distinto. He perdido el miedo, pero temo más que nunca por lo que vaya a pasar, o peor aún, por lo que no vaya a pasar: que todo siga igual. Y aunque me cueste admitirlo, es mi culpa. Es esa gracia merecida que tiene la vida de devolverte aquello que haces, y por supuesto, aquello que no haces —que se suele notar más—. Que no tengo ningún derecho a quejarme por “mi propia cosecha”, pero más que nada, es auto-frustración. Es esa manía muy humana de lamentarse por todo aquello que podemos hacer y no hacemos porque es más fácil, mientras tengamos algo sobre lo que caernos redondos y seguir gimoteando. Buscaremos mil maneras de culpar al mundo, cuando los únicos culpables somos nosotros; el orgullo es lo que tiene, que es un espejo vampiresco en el que nuestra silueta es total, pero familiarmente ajena.

Y seguiremos así mientras sepamos que podemos hacerlo, o creemos poder hacerlo, que es peor.

Cuesta tanto admitir que somos infelices… Se ha vuelto un tabú, tan tabú, en este mundo fundamentado en la Búsqueda de la Felicidad. La Eterna Búsqueda. Y cuando uno no es feliz, es un necesitado de ayuda, un pobre emocional, una especie de paria con una enfermedad que todo el mundo tiene latente y que tan frenéticamente intenta paliar a base de consumo.

La filosofía es «Vivimos para ser felices».

Y es una filosofía tan falible. No hay nada malo con ser felices. El mal está en vivir para serlo.
Yo es que soy de otro continente donde «la felicidad no debe ser la meta, sino el camino». Así como la paz, dos conceptos paralelos y tan estrechamente relacionados, hasta tal punto que una no puede existir sin la otra.

Lo más importante es que seamos consecuentes, siempre consecuentes. La vida no será tan arbitraria y nosotros no nos sentiremos tan perdidos.

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